Zeiren
Me moví apenas un poco.
El calor de su cuerpo seguía enredado con el mío, su cabello pegado a mi pecho, como si aún no estuviera lista para soltarse del todo.
Y no podía culparla. Después de todo lo que habíamos atravesado, tener un segundo de paz en ese infierno era un milagro.
—Cor… —susurré contra su frente, acariciando su espalda desnuda.
No dije nada más. No necesitaba decirlo.
Ella levantó la vista, sus ojos aún pesados por el sueño, aunque una sonrisa se le formó en los labios.