Seraphiel
—Señor, los prisioneros ya llegaron.
Levanté la vista de los informes con gesto cansado. La joven querubina temblaba como una hoja, la túnica blanca le bailaba sobre los hombros delgados.
Había llegado hace poco del Concilio de la Metrópolis, y aún no comprendía cómo funcionaban las cosas aquí arriba, donde la diplomacia se entrelazaba con la guerra.
—No los llames así —dije, con una media sonrisa que no alcanzó mis ojos—. Son nuestros… invitados.
Ella asintió y se retiró de inmedia