Apenas Gabriel volteó a verme, su expresión cambió. Su sonrisa se desvaneció y sus ojos se oscurecieron como si el peso de mi presencia fuera una amenaza directa. En silencio, se acercó con pasos firmes y me tomó del brazo con fuerza.
—¿Qué haces aquí? —espetó entre dientes mientras me arrastraba fuera del hotel.
—¡Gabriel, me estás haciendo daño! —reclamé, intentando zafarme sin éxito.
Seguimos caminando hasta alejarnos lo suficiente del bullicio y las miradas. Bajo unos árboles, en un rincón