– Julián Herrera
Llegué al colegio de Andrea minutos antes del mediodía. Estacioné el taxi justo frente a la entrada principal. Era un colegio imponente, elegante… uno de esos lugares que te recuerdan que tus hijos crecen más rápido de lo que puedes asimilar.
Apagué el motor y me quedé allí, con las manos en el volante, observando a los estudiantes salir. Entre ellos, la vi. Venía sonriendo, caminando junto a un chico alto. Reían como si el mundo fuera ligero y perfecto. La vi despedirse de él