La puerta de mi oficina se abrió de golpe, sin previo aviso. Levanté la vista de los papeles que intentaba revisar y, al verlo, fruncí el ceño con fastidio.
—¿Por qué entras así, Gabriel? —pregunté, mi voz fría como el acero.
Él se acercó despacio, con esa sonrisa arrogante que tantas veces usó para salirse con la suya, como si creyera que con solo mostrarla pudiera borrar cualquier error, cualquier traición.
—¿Acaso no tengo derecho a entrar en la oficina de mi esposa? —replicó con calma, como