El restaurante estaba iluminado con una calidez tenue, lámparas colgantes que dejaban un resplandor dorado sobre cada mesa. Nos sentamos junto a la ventana, y desde allí las luces de la ciudad parecían estrellas fugaces atrapadas en el asfalto. Tomé la carta en mis manos, aunque apenas me detuve a leerla; mi mente estaba demasiado inquieta como para pensar en comida.
—Langosta… y una ensalada César, por favor —dije con voz firme.
Gabriel, sin dudar, pidió lo mismo. El mesero se marchó y el sile