Mundo ficciónIniciar sesiónMe tomó tres años conquistar a Mónica Guerrero, una mujer que parecía inalcanzable. Por ella, renuncié a mi carrera y me convertí, por voluntad propia, en un esposo dedicado al hogar. Incluso me hice una vasectomía al día siguiente de que me confesara su miedo a que yo buscara a otra mujer para tener un hijo. Todos nuestros amigos estaban convencidos de que envejeceríamos juntos y nos amaríamos toda la vida. Sin embargo, el día de nuestro quinto aniversario de bodas, decidí divorciarme. Mi abogado era Tomás Herrera, uno de mis mejores amigos. No dejaba de preguntarme: —¿Estás seguro? Por casarte con ella rechazaste sin pensarlo muchas ofertas, ¿y ahora me dices que te quieres divorciar? Intenté sobreponerme a la opresión que sentía en el pecho. —Redacta el acuerdo de divorcio. Cuanto antes, mejor. —¿Pero por qué? Miré el ramo de daturas negras sobre la mesa, con su lujoso envoltorio. Después de dudar un buen rato, le di mi respuesta definitiva: —Por un ramo de flores.
Leer más—Debimos separarnos el día en que murió mi padre —le dije a Mónica con absoluta calma.Se quedó inmóvil. Después de un largo rato, sonrió de pronto: una sonrisa amarga y vencida, como la de un jugador que por fin hubiera perdido todas sus fichas.—Lo entiendo —dijo con voz ronca, asintiendo—. No volveré a molestarte.Se dio la vuelta y se marchó despacio, sin mirar atrás.Permanecí allí, viendo cómo se alejaba hasta desaparecer entre las luces y las sombras al final del pasillo. No sentí alivio ni tristeza, solo una calma muy tenue. Era como haber llegado por fin a la última página de un libro.En los meses siguientes, Mónica aceptó el divorcio y completamos los trámites con la ayuda de Tomás. Una vez concluidos, nuestro matrimonio quedó legalmente disuelto.Cinco años después de aquella despedida, Tomás y yo estábamos bebiendo junto al río.Con los años se había convertido en un abogado implacable y de gran prestigio.Yo también había vuelto a abrir mi estudio de fotografía. Había fot
Mi madre finalmente quedó fuera de peligro. Los especialistas internacionales ajustaron el tratamiento y, una semana después, pudo salir de terapia intensiva.El día que me dieron la noticia, me senté en un banco frente a su habitación, hundí la cara en las manos y lloré durante un buen rato. Todo el miedo, la angustia y la impotencia que había acumulado en aquellos días encontraron por fin una salida.—Diego.Camila me ofreció un pañuelo de papel y se agachó frente a mí. Habló con cierta torpeza, como si no supiera qué hacer.—Tu mamá ya está bien. ¿Por qué sigues llorando?Tomé el pañuelo y me limpié los ojos, que seguían enrojecidos.—Gracias. De verdad eres muy buena.Sin ella no sabía cómo habría soportado aquellos días.Camila se rascó la cabeza y apartó la mirada, un poco avergonzada.—La verdad, no hice todo esto solo por bondad.Me quedé mirándola, desconcertado. Ella me miró con seriedad y me habló de una manera franca y directa:—Lo hice porque me gustas.No supe cómo reacci
Llamé a la policía y se llevaron a Adrián. Lo ocurrido con mi madre se sumaba a la investigación que ya estaba en marcha sobre la atención que recibí tras la cirugía. Adrián podía enfrentarse a consecuencias mucho más graves que perder el empleo.Pero ya no podía ocuparme de lo que le pasara. El estado de mi madre empeoraba rápidamente.Fuera de terapia intensiva, los médicos me comunicaban una y otra vez que corría peligro de muerte. Llevaba dos días sin dormir, observándola a través del vidrio, acostada y llena de tubos.Cada cambio en las cifras del monitor me llenaba de angustia.Mónica también había permanecido en el hospital durante aquellos días. Apenas dormía y tenía ojeras oscuras. Pero al mirarla no sentía la menor gratitud, solo un rechazo del que no podía librarme.Si no hubiera consentido a Adrián una y otra vez, mi madre no estaría así.—Diego —dijo con voz ronca—, déjame intentarlo.La miré con frialdad.—¿Intentar qué?—Contactar al mejor equipo del país y buscar un nue
—La cirugía fue un éxito —dijo el médico, desconcertado—. ¿Saben si sufrió alguna impresión muy fuerte?Sentí que el corazón se me hundía.—¿Una impresión?El médico asintió.—Después de una operación, hay que evitar las emociones intensas, sobre todo si la función cardíaca y la presión arterial todavía no se han estabilizado. Traten de recordar si ocurrió algo fuera de lo normal hoy.Mi madre todavía se estaba recuperando de la cirugía. Hasta donde yo sabía, solo habían estado con ella el personal médico y unos cuantos familiares.Al pensarlo, levanté la cabeza de golpe.—Revisen las cámaras.Media hora después estábamos en la sala de vigilancia, revisando las grabaciones del pasillo y de la habitación de mi madre.En la grabación de las tres y veinte de la tarde apareció Adrián.Se me cortó la respiración. Miré a Mónica por instinto. Estaba detrás de mí, con la luz de la pantalla sobre un lado del rostro y la mandíbula muy tensa.La grabación no tenía sonido. Solo podíamos ver lo que
Último capítulo