No dormí en toda la noche. Me dediqué a empacar, porque mantenerme ocupado era la única manera de no pensar en el dolor y el vacío que sentía en el pecho.Casi al amanecer, saqué del cuarto de almacenamiento el equipo fotográfico que llevaba años juntando polvo. Cargué la batería de la cámara y, cuando estuvo lista, presioné el botón de encendido. La pantalla se iluminó.Sentí un nudo en la garganta. Por suerte, seguía funcionando. Todavía estaba a tiempo.Más tarde, ya entrada la mañana, volví a la sala con la cámara entre los brazos. Entonces sonó el teléfono. Era el agente inmobiliario.—Señor Salazar, ya hablé con el propietario de la casa que usted y su esposa visitaron la semana pasada. Si todo está bien, podemos firmar el contrato el próximo fin de semana.Me quedé quieto un instante. Casi lo había olvidado.Mónica había recibido un ascenso y un aumento de sueldo. Decía que la casa se nos había quedado pequeña y quería una más grande.La idea había sido suya, pero yo me encargué
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