—Debimos separarnos el día en que murió mi padre —le dije a Mónica con absoluta calma.
Se quedó inmóvil. Después de un largo rato, sonrió de pronto: una sonrisa amarga y vencida, como la de un jugador que por fin hubiera perdido todas sus fichas.
—Lo entiendo —dijo con voz ronca, asintiendo—. No volveré a molestarte.
Se dio la vuelta y se marchó despacio, sin mirar atrás.
Permanecí allí, viendo cómo se alejaba hasta desaparecer entre las luces y las sombras al final del pasillo. No sentí alivio