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El Fuego que Quemó Nuestro Amor

El Fuego que Quemó Nuestro AmorES

Cuento corto · Cuentos Cortos
Ana Villanueva Aguiñaga  Completo
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Resumen
Índice

Llevábamos cinco años casados por el civil, y mi esposo, Adrián Lobera —bombero—, siempre decía que no tenía tiempo para celebrar la boda. Y, de pronto, sí tuvo tiempo. El día de la ceremonia, por más que lo intenté, no pude comunicarme con él. Hasta que vi un en vivo en internet: Roxana García lo llevaba del brazo y él recibía una medalla de manos del mismísimo alcalde. Los comentarios rebosaban de envidia: —La esposa de Adrián está guapísima, no como esas que solo saben hacer los quehaceres. —Sí, tan elegante, tan segura; seguro que es el gran apoyo detrás de Adrián. Yo, temblando, miré mis manos ásperas. Estuve a punto de comentar que esa mujer no era su esposa cuando se oyó un "¡Bum!". En la cocina, una fuga de gas provocó una explosión. Con la piel ardiendo, como si me la hubieran cocido por el calor, lo llamé desesperada para pedirle ayuda. Pero él me interrumpió, impaciente: —¿Qué estás inventando ahora? Te avisé lo de la boda para que no salieras con tus dramas. El papá de Roxana murió salvándome la vida; dejar que me acompañe y se haga pasar por mi esposa no es para tanto, ¿no? Me quedé helada. Y colgó. Sin dudarlo.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Un mes después, Roxana sufrió quemaduras. Para hacerle un injerto de piel, Adrián por fin se acordó de mí.

—¿De verdad vas a seguir con la ley del hielo? ¿No te cansas ya? Te doy media hora para que aparezcas. Si a Roxana le queda una cicatriz, te juro que hacemos cuentas y lo partimos todo 50/50, y te pido el divorcio.

"Hacemos cuentas y lo partimos todo 50/50" significaba ponerle precio a todo lo que una aportó en el matrimonio.

Y yo era ama de casa: no tenía nada.

Él estaba seguro de que yo iría… pero no sabía que el bebé en mi vientre y yo ya nos habíamos quedado sepultados bajo un mar de fuego.

Apenas había dejado nuestra casa y todavía no me acostumbraba.

Un fantasma me había dicho una vez: si la persona que amas te extraña, puedes irte del lugar donde moriste.

Pero había pasado un mes y yo ni siquiera había logrado cruzar la puerta.

Porque mi esposo jamás se acordó de mí, y ahora el único motivo por el que me buscaba era arrancarme un pedazo de piel para injertársela a Roxana.

Solté una risa amarga.

Claro. En vida le daba lo mismo, ¿qué iba a cambiar ahora que estaba muerta?

Adrián le desinfectaba las heridas a Roxana, con una ternura en los ojos que yo nunca le había visto.

Le sonó el teléfono; por instinto creyó que era yo y soltó una risita despectiva. Pero era una llamada del trabajo, de un superior. Adrián respondió sin una pizca de paciencia:

—¿Guadalupe está de adorno o qué? Ya lo dije: Roxana se quemó. Yo me quedo con ella en el hospital. Me da igual ese premio. Si hace falta, dénselo a otro.

La llamada duró apenas diez segundos y se cortó.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. El pecho se me apretó con una amargura insoportable.

Así que no era que no tuviera tiempo para mí; era que no quería. O quizá la única capaz de hacerlo saltarse las reglas era Roxana.

Roxana puso un puchero, con esa alegría juvenil pintada en la cara:

—Adrián, ¿Claudia no quiere darme el injerto y por eso se está escondiendo? No pasa nada; si no se puede hacer, pues ni modo.

En cuanto terminó, la mirada de Adrián se endureció aún más. Por primera vez, marcó mi número por iniciativa propia.

Pero del otro lado no contestó nadie.

Desesperado, llamó a mi amiga Diana Latapí.

Diana le soltó una lluvia de insultos:

—¿Dónde estabas tú cuando a Claudia la quemaron viva? ¿Sabes o no que acababa de quedar embarazada de tu bebé?

Adrián soltó un "ja" burlón y, sin pensarlo, inició el trámite del divorcio desde el celular.

—¿Se pusieron de acuerdo para engañarme? Soy capitán del cuerpo de bomberos, ¿cómo no voy a saber si hubo un incendio o no? Dile que, si quiere seguir con su jueguito de la ley del hielo, le pido el divorcio.

¿Divorcio? No tenía pulso desde hacía tiempo y, aun así, el pecho me dolió como si me lo estrangularan.

Miré mi cuerpo, medio transparente, y esbocé una sonrisa tan triste que daba escalofríos. Pensé: "Adrián, ni siquiera hace falta divorciarse. Desde hace un mes, ya estás libre."

Diana lo llamó un monstruo, pero él se volvió todavía más cruel:

—¿Yo soy un monstruo? Perfecto. Dile que, si no se disculpa ya mismo, saco a su madre del asilo y la echo a la calle para que mendigue.

Colgó al instante.

Y del otro lado, mi amiga se echó a llorar, hecha pedazos:

—La mamá de Claudia murió hace tiempo. Murió atropellada cuando iba a buscarte para pedirte ayuda…
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