Mundo ficciónIniciar sesiónLlevábamos cinco años casados por el civil, y mi esposo, Adrián Lobera —bombero—, siempre decía que no tenía tiempo para celebrar la boda. Y, de pronto, sí tuvo tiempo. El día de la ceremonia, por más que lo intenté, no pude comunicarme con él. Hasta que vi un en vivo en internet: Roxana García lo llevaba del brazo y él recibía una medalla de manos del mismísimo alcalde. Los comentarios rebosaban de envidia: —La esposa de Adrián está guapísima, no como esas que solo saben hacer los quehaceres. —Sí, tan elegante, tan segura; seguro que es el gran apoyo detrás de Adrián. Yo, temblando, miré mis manos ásperas. Estuve a punto de comentar que esa mujer no era su esposa cuando se oyó un "¡Bum!". En la cocina, una fuga de gas provocó una explosión. Con la piel ardiendo, como si me la hubieran cocido por el calor, lo llamé desesperada para pedirle ayuda. Pero él me interrumpió, impaciente: —¿Qué estás inventando ahora? Te avisé lo de la boda para que no salieras con tus dramas. El papá de Roxana murió salvándome la vida; dejar que me acompañe y se haga pasar por mi esposa no es para tanto, ¿no? Me quedé helada. Y colgó. Sin dudarlo.
Leer más—Hola, soy Adrián. ¿La madre de Claudia sigue en el asilo? Paso más tarde a recogerla.Cuidar a mi mamá era lo único que a Adrián se le ocurrió como solución.Pero lo que dijo la enfermera después le heló el alma.—Se lo dije la última vez: la mamá de Claudia ya no está.—¿A dónde se la llevaron?—Ay, murió en un accidente. Ahí mismo, frente a la estación de bomberos. ¿Usted no lo sabía?El celular se le resbaló de la mano. Adrián se quedó mirando al frente con los ojos vacíos, como si no pudiera creer que todo fuera real.Diana ya no aguantó más; se le fue encima y le soltó una bofetada.—¡Maldito! La mamá de Claudia tenía la mente de una niña de siete años. No entendía nada y aun así sabía que tenía que salvarla. ¡Ella creyó que tú ibas a salvar a Claudia! ¡Y hasta el último momento seguía llamándote por tu nombre!Se me apretó el pecho de golpe, quise correr a buscar a mi madre en ese instante.Pero mientras Adrián siguiera aquí, yo no podía ir a ningún lado.A estas alturas, este c
Esas palabras le cayeron a Adrián como un rayo en pleno día. Abrió los ojos de golpe, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.—¡No puede ser! El día de la boda yo no recibí ninguna llamada. ¡Claudia no puede estar muerta!Guadalupe soltó una risa burlona. Le lanzó a Adrián una mirada cargada de desprecio.—Claro, tú no la recibiste. Pero Roxana sí la recibió. Y si ella hubiera dicho algo, aunque fuera un minuto antes...Como si recordara algo horrible, Guadalupe apretó el puño con tanta fuerza que le tembló el brazo.Yo los miré y bajé la vista. Aunque fuera un poco antes, quizá yo me habría salvado. Pero esos minutos —esos minutos retrasados a propósito— me dejaron sin aire. Me asfixié con el humo.—Ella quería vivir. Arrastrándose, con el cuerpo hecho pedazos, llegó hasta la puerta y aun así no pudo salir.La voz de Guadalupe se quebró, ronca y áspera.—Nadie aguanta hasta ese punto, a menos que sea una madre.Diana lloraba mientras rebuscaba en su bolso. Sacó una hoja: la im
El ánimo de la gente también subía y bajaba como en una montaña rusa. Miraban los números en la pantalla y ya no podían ni discutir.Diana soltó una risita gélida y siguió presionando, sin darle tregua:—Me acuerdo clarito: el día que firmaron, dijiste que la ibas a amar toda la vida. ¿Y para ti "amar" era darle doscientos dólares al mes y hacerla vivir así? Mira bien: ¿de verdad calculaste bien todo lo que le debes?Adrián alzó la vista, aturdido. Y sí: todavía faltaba un montón para llegar a los doscientos mil dólares que habían dicho hace rato.Entonces, como que algo le hizo clic. Los labios le empezaron a temblar.—No puede ser… no puede ser…—¡5.786 dólares al año! ¿Te suena ese número?Diana ya lloraba. Los ojos rojos, llenos de dolor por mí.—¡Tu matrícula de tres años! ¡17.358 dólares! ¡Eso lo juntó ella centavo a centavo! ¡Para juntar ese dinero, en seis meses perdió 15 kilos!Y en la pantalla apareció mi silueta, otra vez.En un bar, en un restaurante, en un supermercado. Ha
Abajo, la gente empezó a quejarse:—Todo eso es lo que una mujer casada tiene que hacer. ¿Por qué habría que ponerle precio?—El hombre se mata trabajando y trae el dinero; la mujer se queda en casa haciendo los quehaceres. ¿No es lo normal?El funcionario del registro civil sonrió y preguntó, tranquilo:—¿Contratar a una empleada doméstica cuesta dinero?—Sí.—¿Y contratar a alguien para la limpieza?—¡También!—¿Y contratar a una cuidadora?—¡Igual!—Entonces, si para ustedes todo eso cuesta, significa que ese trabajo tiene valor. ¿Por qué, cuando hay un matrimonio, el valor de una mujer —en especial el de un ama de casa a tiempo completo— de pronto "deja de existir" para ustedes?De golpe, el lugar quedó en silencio. Aun así, se alcanzaban a oír sollozos, muy quedos.No supe de dónde venían ni de quién eran. Pero quizá venían de todas las mujeres que han dado todo en silencio.Escuché ese llanto y, sin querer, sonreí. Porque se suponía que Adrián y yo nos habíamos casado para ser fe
—¿Cómo es posible? ¡¿Cómo voy a deberle tanto dinero a Claudia?! ¡Si ella solo es ama de casa! ¿Dónde está? ¿Por qué estás tú arriba en su lugar? ¡Esto no es justo!Adrián miraba, fuera de sí, cómo los doscientos mil dólares encima de su cabeza se le descontaban de golpe y luego bajaban hasta quedar en negativo.Y el número negativo sobre la cabeza de Diana, en cambio, empezó a subir poco a poco, hasta superar los doscientos mil.Abajo, se armó un escándalo. Decían que Diana estaba ascendiendo en mi lugar, que eso era trampa.Roxana fue la primera en explotar. Agarró una botella de agua del piso y se la lanzó a Diana.—¡Qué sistema tan de porquería! ¡Puras payasadas! ¡Que salga Claudia y pague!—¡Sí, que pague! ¡Que pague!Se le unió el griterío.La botella venía directa a Diana. Yo, por instinto, me puse delante y solo pude mirar cómo el plástico me atravesaba el cuerpo.Por suerte, Guadalupe apareció de la nada y la atrapó al vuelo.—¿Estás bien?Diana negó con la cabeza. Los dos se
Cuando terminaron de hacerlo, Roxana quedó tan agotada que se quedó dormida.No sé por qué, pero de pronto Adrián se acordó de mí.Tomó el celular con cuidado. En WhatsApp, se puso a deslizar la pantalla hasta encontrar por fin nuestro chat. Me escribió:"Ya deja de hacer berrinche. No te voy a hacer pagar de verdad; con que le dones piel para el injerto a Roxana, basta. Ella es joven, ¿cómo se va a casar si le queda una cicatriz? Vuelve ya. Te espero en el hospital."Pero mi respuesta nunca llegó.Como para desahogarse, le plantó un beso a Roxana en la mejilla.Yo apenas esbocé una mueca. Me dio pena y, al mismo tiempo, alivio. Pena, porque la de antes, la tonta de antes, de verdad habría contestado emocionada, sin imaginar jamás que esa "ternura" ocasional solo le salía por culpa, después de haberme sido infiel.Y alivio, porque al tocarme el vientre plano sonreí apenas: "Mi bebé, menos mal que no naciste en esta familia."Los días siguientes, Adrián se la pasó acompañando a Roxana a
Último capítulo