Al atardecer, Mónica salió de la florería con un ramo entre los brazos. En el centro había escondido una llave de auto.
Se preguntó si ceder de aquella manera no sería consentir demasiado a Diego. Pero al imaginar la alegría con que recibiría las flores, no pudo evitar una pequeña sonrisa.
Abrió la puerta de la casa y lo llamó suavemente:
—Diego.
No se oyó nada. Reinaba un silencio inquietante. La casa estaba vacía, sin rastro de vida.
Frunció el ceño y sacó el celular para llamarlo, pero nadie