Capítulo 5
Empecé el tratamiento para la infección. La cirugía de reversión tendría que esperar hasta que el urólogo confirmara que estaba en condiciones de operarme. Esa tarde volví a casa.

Las plantas de la terraza estaban espléndidas bajo la luz del atardecer. Gardenias, rosales, suculentas y hortensias: las había cultivado una por una a lo largo de los años.

Como Mónica no tenía tiempo para mí, había buscado compañía en mis plantas. Cuando me fuera, nadie las cuidaría. Sería una lástima que se secaran.

Les tomé una foto y la envié al grupo de vecinos: "Me voy a mudar. Regalo las plantas. Quien llegue primero se las lleva".

Los vecinos respondieron enseguida. En menos de media hora, la terraza ya estaba medio vacía.

Después de entregar la última planta, una hortensia, me quedé allí, mirando la terraza vacía. Dejar ir no era tan difícil como había imaginado.

Entré al vestidor. La vitrina estaba llena de relojes; Mónica me había regalado la mayoría. Antes me emocionaba muchísimo al recibirlos. Ahora solo podía recordar el poco interés con que me los daba. Incluso me había regalado dos relojes del mismo modelo. Qué ridículo.

Siempre había amado a una Mónica que solo existía en mi imaginación. Cuando dejé de idealizarla, comprendí que tantos sacrificios no habían valido la pena.

Fotografié los relojes y los publiqué en una plataforma de segunda mano. Esa misma noche vendí siete y buena parte de la vitrina quedó vacía.

A las diez oí la cerradura. Mónica había regresado.

Tenía un raspón en la frente, moretones en la cara y un vendaje grueso en el brazo derecho. Adrián la sostenía y tenía los ojos rojos, como si acabara de llorar.

—Diego, hoy unos familiares de un paciente se pusieron violentos. Mónica salió lastimada por defenderme. Cuídala mucho, por favor.

Lo miré y respondí con calma:

—Si estás preocupado, puedes quedarte a cuidarla.

Él se sonrojó y empezó a balbucear:

—No quise decir eso. Mónica y yo solo somos compañeros.

Ella ya había endurecido la expresión.

—¿Puedes hablar sin lanzar indirectas?

No entendí su reacción.

—¿Qué dije?

—Adrián se tomó la molestia de traerme a casa. ¿Por qué tienes que ser tan sarcástico?

Arrojó las llaves del auto sobre la mesa y me miró llena de decepción.

Adrián se apresuró a sonreír.

—No te enojes con él. Es mi culpa. No debí traerte. Ya me voy.

Salió corriendo. Ella fue tras él sin vacilar y la puerta se cerró de golpe.

Una hora después, regresó con una expresión todavía peor. No notó nada extraño en mí ni reparó en la terraza vacía ni en los huecos que habían quedado en la vitrina. Solo me reclamó:

—¿Ya estás contento?

No levanté la cabeza.

—¿Por qué tendría que estarlo?

—Adrián no te ha hecho nada. ¿Por qué siempre te metes con él?

Seguí empacando. Ya estaba acostumbrado: para ella, Adrián siempre era la víctima y yo el agresor que lo acorralaba.

Metí el último reloj en su caja. Sin ganas de discutir, me levanté y fui hacia el dormitorio.

—Espera —dijo Mónica, con voz fría—. ¿Otra vez no preparaste la cena?

Me detuve.

—Hay pasta en el refrigerador. Si no sabes prepararla, pide comida a domicilio.

Levantó el brazo vendado, visiblemente molesta.

—Estoy lastimada.

Me volví hacia ella con una leve sonrisa.

—No te lastimaste por mí. ¿Por qué esperas que yo te cuide?

Se le tensó el rostro. Después de un momento, soltó una risa helada.

—Muy bien.

Entró al estudio y dio un portazo tan fuerte que hasta las paredes parecieron temblar. Yo ni siquiera levanté la vista.

No tenía fuerzas para seguir peleando. Me acosté y enseguida me quedé dormido. Fue la noche más tranquila desde que había decidido divorciarme.

Una vez controlada la infección, el urólogo confirmó que podía operarme y programaron la cirugía de reversión. El día de la operación, Tomás pasó por mí temprano.

—¿Lo pensaste bien? ¿Ya no quieres renunciar a tener hijos?

Miré mi muñeca sin reloj y, después de un breve silencio, asentí.

—Sí, lo pensé bien.

Antes, mi mundo giraba alrededor de Mónica. Por ella había sido capaz de renunciar a mi carrera e incluso a tener hijos. Pero ella no merecía esos sacrificios. Yo también quería vivir de otra manera.

Después de completar los trámites, me llevaron al quirófano. El cirujano revisaba mis datos y el anestesiólogo ya estaba preparado.

Entonces entró alguien conocido. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí un escalofrío en la espalda.

Era Adrián. Llevaba ropa quirúrgica estéril y mascarilla, y se colocó junto al médico.

No pareció sorprenderse al notar que lo miraba. La expresión de sus ojos claros delataba una sonrisa bajo la mascarilla.

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