El pasillo del hospital estaba en silencio, apenas interrumpido por el pitido lejano de algún monitor y el murmullo apagado del personal médico. Thomas estaba de pie frente a la puerta de la habitación de Daniela, con los brazos cruzados y el rostro tenso, como si su cuerpo entero se hubiera convertido en una barrera.
El ascensor se abrió unos metros más atrás.
Dalia fue la primera en salir. Su rostro estaba pálido, los ojos enrojecidos, las manos temblorosas apretando el bolso contra su pecho. César la siguió, serio, con la culpa marcada en cada arruga de su frente. Caminaron rápido, casi corriendo, hasta que lo vieron.
Thomas levantó la mirada al sentir su presencia. Su expresión se endureció al instante.
—No pueden pasar —dijo antes de que cualquiera de los dos abriera la boca.
Dalia se detuvo en seco. Sus labios temblaron.
—Thomas… —dijo dando un paso al frente—. Por favor. Solo queremos verla. Saber cómo está.
Él no se movió ni un centímetro.
—Daniela necesita tranquilidad —respo