Daniela se despertó despacio, como si su cuerpo aún dudara de regresar del todo. Sentía la boca seca, la cabeza pesada, y un cansancio profundo que no era solo físico. Se incorporó lentamente en la camilla del hospital, apoyando las manos a los lados para no marearse. El sonido suave de los monitores y la luz tenue la hicieron parpadear varias veces.
Miró a su alrededor.
Entonces lo vio.
Thomas estaba recostado en un sofá estrecho junto a la pared, con el saco doblado sobre el pecho y un brazo cubriéndole parte del rostro. Dormía de lado, incómodo, como alguien que no se permitió irse ni un segundo. Su respiración era lenta, pesada, de agotamiento.
Daniela lo observó unos instantes en silencio. Sintió un nudo en la garganta.
—Thomas… —lo llamó con la voz baja, aún ronca.
Él abrió los ojos casi de inmediato, como si no hubiera estado dormido en realidad. Se incorporó de golpe y caminó hacia ella en dos pasos.
—¿Te sucede algo? —preguntó con preocupación—. ¿Te sientes mal?
Se detuvo fre