Thomas empujó la puerta con cuidado y entró a la habitación. El olor a desinfectante lo golpeó de inmediato. Daniela estaba recostada en la camilla, con el suero pasando lento por su brazo. Su piel seguía pálida y tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, como si estuviera en otro lugar.
Al sentir la presencia de alguien, giró apenas la cabeza.
—Thomas… —murmuró.
Él se acercó de inmediato y se sentó a su lado. No la tocó al principio. Solo la miró. Verla así, frágil, lo desarmó por completo.