Thomas empujó la puerta con cuidado y entró a la habitación. El olor a desinfectante lo golpeó de inmediato. Daniela estaba recostada en la camilla, con el suero pasando lento por su brazo. Su piel seguía pálida y tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, como si estuviera en otro lugar.
Al sentir la presencia de alguien, giró apenas la cabeza.
—Thomas… —murmuró.
Él se acercó de inmediato y se sentó a su lado. No la tocó al principio. Solo la miró. Verla así, frágil, lo desarmó por completo.
—Estoy aquí —dijo por fin—. No me fui.
Daniela tragó saliva. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no terminaban de caer.
—Pensé que… —su voz tembló— pensé que me estaba volviendo loca. Todo se me vino encima de golpe.
Thomas respiró hondo. Sabía que lo que iba a decir cambiaría todo otra vez.
—Daniela —empezó, con la voz baja—. El doctor habló conmigo.
Ella lo miró, alerta de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Estoy bien?
Thomas asintió despacio.
—Sí… pero hay algo más.
Daniela frunció ligerame