El salón de reuniones del piso ejecutivo estaba iluminado por una luz blanca y nítida que caía desde las lámparas empotradas en el techo. La larga mesa de madera oscura ya estaba rodeada por directores, editores y jefes de área, cada uno con su taza de café y su carpeta de notas. El murmullo previo a la reunión se silenció de golpe cuando la puerta se abrió.
Thomas Kan entró con paso firme.
Su presencia llenó la sala como siempre —imponente, controlada, calculada— y detrás de él, con una carpet