El reloj marcaba las ocho de la mañana cuando Daniela cruzó el vestíbulo principal del Grupo Kan.
El brillo metálico de los ascensores reflejaba su imagen: el cabello suelto, liso, y la blusa color marfil perfectamente planchada.
Era su primer día como asistente personal del señor Kan, y aunque había dormido apenas unas horas, su expresión no lo demostraba.
Respiró hondo antes de entrar al ascensor.
El número 34 destelló en el panel, y con cada piso que ascendía, sentía el peso de la decisión que la había traído hasta allí.
Cuando las puertas se abrieron, el aire cambió.
Aquel piso era diferente: más silencioso, más elegante.
Los ventanales dejaban entrar una luz suave que bañaba los escritorios de los ejecutivos, y al fondo, la puerta de cristal con el nombre Thomas E. Kan grabado en letras sobrias.
—Buenos días, Daniela —la saludó María, la secretaria de planta, con una sonrisa amable pero curiosa—. El señor Kan ya está en su despacho. Le pidió que pasara en cuanto llegara.