El reloj marcaba las ocho de la mañana cuando Daniela cruzó el vestíbulo principal del Grupo Kan.
El brillo metálico de los ascensores reflejaba su imagen: el cabello suelto, liso, y la blusa color marfil perfectamente planchada.
Era su primer día como asistente personal del señor Kan, y aunque había dormido apenas unas horas, su expresión no lo demostraba.
Respiró hondo antes de entrar al ascensor.
El número 34 destelló en el panel, y con cada piso que ascendía, sentía el peso de la decisi