La mansión Kan brillaba esa noche como si el lujo y la tradición hubieran decidido mezclarse con el aroma tenue del vino y el murmullo de la música clásica que sonaba desde los altavoces ocultos. El comedor principal, el más grande de los tres que tenía la propiedad, lucía impecable: candelabros de cristal suspendidos sobre una mesa larga de caoba pulida, arreglos florales blancos distribuidos de forma simétrica y una vajilla francesa que solo se usaba en las cenas familiares “formales”, esas en las que no había excusa para faltar.
Thomas ocupaba su lugar habitual, a la izquierda de su padre. A su lado, su esposa —elegante, discreta, con un vestido azul medianoche y un collar de perlas heredado— conversaba con la señora Kan sobre una gala benéfica del mes siguiente. Frente a ellos, Laura tomaba su vino con esa postura altiva y perfectamente calculada que la caracterizaba. Al lado de ella, un espacio más allá, Alejandro mantenía una expresión contenida, profesional, aunque la incomodid