La mansión Kan brillaba esa noche como si el lujo y la tradición hubieran decidido mezclarse con el aroma tenue del vino y el murmullo de la música clásica que sonaba desde los altavoces ocultos. El comedor principal, el más grande de los tres que tenía la propiedad, lucía impecable: candelabros de cristal suspendidos sobre una mesa larga de caoba pulida, arreglos florales blancos distribuidos de forma simétrica y una vajilla francesa que solo se usaba en las cenas familiares “formales”, esas e