Mundo ficciónIniciar sesiónEl reloj marcaba las seis en punto cuando Daniela se detuvo frente a la puerta del despacho principal. Había recibido una llamada de la secretaria del señor Kan y quería verla ahora mismo.
El letrero de metal, grabado con letras sobrias —Thomas E. Kan – Presidente Ejecutivo— brillaba bajo la luz dorada del pasillo. Su reflejo tembló apenas sobre la superficie, igual que las manos de ella. Llevaba el cabello recogido en un moño impecable, la blusa blanca perfectamente abotonada y la falda lápiz ajustada que solía usar en reuniones importantes. Aun así, sentía que ninguna prenda podía protegerla del tipo de tensión que emanaba desde el otro lado de esa puerta. Respiró hondo y tocó suavemente. —Adelante —respondió la voz grave y firme de Thomas. Entró. El despacho era amplio, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad al anochecer. Las luces comenzaban a encenderse allá abajo, como un enjambre de estrellas artificiales. Thomas estaba de pie frente a la ventana, las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro, observando el horizonte. Su figura se recortaba contra el resplandor del crepúsculo, alta, imponente, envuelta en un silencio que no necesitaba palabras para hacerse notar. —Cierre la puerta, por favor —dijo sin mirarla. Daniela obedeció. El suave clic del cerrojo resonó en el aire como una sentencia. —¿Me mandó a llamar, señor Kan? —preguntó, intentando mantener la voz firme. Él giró despacio, con esa calma que sólo tienen los hombres acostumbrados al poder. Su mirada se posó en ella. No fue una mirada casual. La recorrió, sutil pero intensa, desde el rostro hasta la punta de los zapatos. Daniela sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no apartó la vista. Thomas sonrió apenas, esa media sonrisa que decía más de lo que debería. —Sí. Quería hablar con usted. Siéntese, por favor. Ella lo hizo, dejando la carpeta sobre el escritorio. Thomas se mantuvo de pie unos segundos más, observándola con atención, antes de rodear el escritorio y tomar asiento frente a ella. El silencio volvió, pesado, pero no incómodo para él. Parecía disfrutarlo. —He notado —empezó al fin, entrelazando los dedos sobre la mesa— qué usted es una excelente asistente, y lleva años trabajando aquí. Daniela lo miró, midiendo cada palabra antes de hablar. —He hecho lo mejor que puedo, señor Kan. Thomas asintió, sin dejar de observarla. —Lo ha hecho muy bien. Es eficiente, discreta, profesional. —Hizo una pausa breve—. Pero hay algo más en usted, señorita… —Cruz —respondió ella, sin perder el tono serio—. Daniela Cruz. —Sí. Daniela —repitió su nombre con lentitud, como si saboreara el sonido—. Hay algo en usted que no es común entre mis empleados. Tiene carácter. Y no me refiero a simple temperamento. Hablo de una fuerza interior… algo que no todos soportan en este lugar. Ella tragó saliva. No sabía si aquello era un cumplido o una advertencia. —Agradezco sus palabras, señor Kan —dijo al fin—. Pero solo intento hacer mi trabajo. Thomas se inclinó levemente hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio. —Lo sé. Y precisamente por eso quiero que continúe haciéndolo… directamente para mí. El corazón de Daniela dio un salto. —¿Perdón? —Quiero que deje el puesto con mi hermana Laura —dijo con voz baja pero firme—. A partir de la próxima semana será mi asistente personal. Daniela se quedó muda unos segundos. Aquello no tenía sentido. Trabajar directamente con Thomas Kan era un privilegio, pero también una carga. Nadie sobrevivía mucho tiempo bajo su supervisión directa. Era conocido por su perfeccionismo, su carácter y su exigencia. Y ahora él, el tío de ley de su ex prometido, la quería a su lado. —No entiendo —susurró—. ¿Puedo preguntar por qué? Thomas la miró fijamente, con esa calma gélida que escondía algo más. —Porque quiero tener cerca a la gente en la que confío —dijo—. Y usted, señorita Cruz, me ha demostrado que sabe mantener la compostura… he sabido por mi sobrino, qué eres su amiga de la infancia. La frase cayó como un golpe disfrazado de halago. Daniela sintió cómo el aire se espesaba. No podía evitar recordar el ascensor, el momento en que lo escuchó hablar con Alejandro. El modo en que la miró entonces. Había algo en él que la inquietaba profundamente. No era miedo exactamente… era otra cosa. Thomas se levantó y caminó hacia la ventana. —Mi hermana puede ser… temperamental —dijo sin mirarla—. Necesito a alguien que no se deje manipular por sus caprichos. Usted parece tener ese temple. Ella lo siguió con la mirada. Su silueta recortada contra la luz del atardecer era casi escultórica: hombros anchos, porte de acero, el cabello oscuro con leves matices plateados que lo hacían parecer aún más distinguido. Había en él una mezcla peligrosa de elegancia y amenaza. —Si esa es su decisión, la aceptaré —respondió Daniela finalmente, con profesionalismo—. Haré lo mejor posible. Thomas giró hacia ella, caminando lentamente hasta quedar de pie frente al escritorio. Apoyó ambas manos sobre la superficie, inclinándose apenas hacia adelante. Sus ojos, oscuros y penetrantes, la estudiaron con detenimiento. —Eso espero —dijo con un tono más bajo, casi confidencial—. Porque en mi oficina no tolero errores… ni mentiras. Daniela sostuvo su mirada. Sabía que esas palabras tenían un doble filo. Tal vez él ya sospechaba algo. Tal vez había escuchado más de aquella discusión con Alejandro de lo que había querido admitir. —Entendido, señor Kan —dijo con voz serena, sin pestañear. Thomas sonrió despacio, una sonrisa que no llegaba a los ojos. —Perfecto. —¿Algo más? —preguntó ella. Él tardó un momento en responder. Su mirada descendió, casi imperceptiblemente, a sus labios, luego volvió a sus ojos. —Nada por ahora —dijo finalmente, con voz grave—. Puede retirarse. Daniela se levantó. Al hacerlo, notó que él se mantenía inmóvil, siguiéndola con la vista. El sonido de sus tacones sobre el piso resonó como un metrónomo entre los dos. Cuando llegó a la puerta, su voz la detuvo. —Ah, Daniela… Ella se volvió. —Sí, señor Kan. —No deje que nadie le haga creer que su valor depende de otro. —Su tono era firme, casi paternal, aunque sus ojos no lo eran en absoluto—. Las personas fuertes aprenden a usar las heridas como armadura. Por un instante, no supo qué decir. Solo asintió con un leve movimiento de cabeza y salió. Cuando la puerta se cerró, Thomas se quedó mirando hacia ella, pensativo. Su expresión, sin embargo, cambió. Esa serenidad controlada dio paso a algo más oscuro, más curioso. Acarició el borde del escritorio con los dedos y sonrió apenas. —Interesante mujer… —murmuró para sí.






