El llanto de Dalia fue cediendo poco a poco, transformándose en una respiración entrecortada, pesada, como si cada aliento arrastrara consigo veintiún años de silencio. César no la soltó. La sostuvo con los brazos firmes, pero el rostro desencajado, consciente de que nada de lo que dijera podría borrar lo ocurrido.
La madre superiora fue la primera en romper el silencio.
—La niña fue entregada aquí por ustedes con cinco años —dijo con voz grave—. Llegó tomada de la mano de su madre… lloraba, pero no gritaba. Eso fue lo que más me marcó. No pedía nada. Solo miraba.
Dalia levantó el rostro de golpe.
—Siempre fue así —susurró—. Nunca lloraba fuerte… se guardaba todo.
César cerró los ojos. Esa imagen terminó de derrumbarlo.
—¿Sabía mi nombre? —preguntó él, casi sin voz—. ¿Alguna vez… preguntó por nosotros?
La madre superiora negó lentamente.
—No. Preguntaba por qué no podía volver a casa. Nada más.
El silencio volvió a caer, más cruel que antes.
Dalia se apartó despacio del pecho de César