El llanto de Dalia fue cediendo poco a poco, transformándose en una respiración entrecortada, pesada, como si cada aliento arrastrara consigo veintiún años de silencio. César no la soltó. La sostuvo con los brazos firmes, pero el rostro desencajado, consciente de que nada de lo que dijera podría borrar lo ocurrido.
La madre superiora fue la primera en romper el silencio.
—La niña fue entregada aquí por ustedes con cinco años —dijo con voz grave—. Llegó tomada de la mano de su madre… lloraba, pe