A la mañana siguiente, el trayecto se hizo eterno.
César conducía en silencio, con las manos firmes sobre el volante, aunque por dentro todo le temblaba. Cada calle recorrida lo llevaba más atrás en el tiempo, a un pasado que había intentado sepultar bajo años de éxito y aparente estabilidad. El orfanato no estaba lejos de la ciudad, pero para él cada metro era un peso añadido a la culpa.
Dalia iba sentada a su lado, rígida. Apretaba el bolso contra su pecho con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. No miraba por la ventana. Tenía los ojos fijos al frente, como si temiera que, si parpadeaba, todo aquello desapareciera y volviera a quedarse solo con el vacío.
El miedo no se iba.
No disminuía.
Crecía.
Cuando el coche finalmente se detuvo frente al orfanato, el motor quedó encendido unos segundos más. El edificio seguía ahí, casi igual. Paredes claras, ventanas altas, un jardín delantero demasiado ordenado para todo lo que había ocurrido entre esos muros.
César apagó