A la mañana siguiente, el trayecto se hizo eterno.
César conducía en silencio, con las manos firmes sobre el volante, aunque por dentro todo le temblaba. Cada calle recorrida lo llevaba más atrás en el tiempo, a un pasado que había intentado sepultar bajo años de éxito y aparente estabilidad. El orfanato no estaba lejos de la ciudad, pero para él cada metro era un peso añadido a la culpa.
Dalia iba sentada a su lado, rígida. Apretaba el bolso contra su pecho con tanta fuerza que los nudillos se