Daniela se despertó primero, el calor del amanecer filtrándose entre las cortinas. Thomas seguía dormido, su brazo pesado alrededor de su cintura, su respiración profunda y regular contra su espalda. Se quedó quieta, disfrutando el momento de intimidad, observando cómo la luz del nuevo día jugaba con las cicatrices en su torso. Cada marca contaba una historia, y ahora ella era parte de ellas.
Con cuidado, giró para enfrentarlo, pasando los dedos por su barba incipiente. Thomas arrugó el ceño en sueños antes de abrir los ojos lentamente. Sus pupilas se dilataron al encontrarse con ella, y una sonrisa dormida apareció en sus labios.
—Buenos días, princesa,— murmuró, su voz áspera por el sueño.
—Buenos días,— respondió Daniela, notando cómo su mano instintivamente buscaba su cadera bajo las sábanas.
Thomas se estiró como un gato grande, haciendo crujir sus músculos, antes de volver a envolverla en sus brazos. —¿Qué hora es?—preguntó, enterrando la nariz en su cabello.
—Temprano todavía,