La mansión Rach estaba en silencio cuando cruzaron la puerta. Un silencio pesado, incómodo, que contrastaba con el caos que llevaba Dalia por dentro. Apenas entraron, ella se soltó del brazo de su esposo y caminó con pasos rápidos, descompuestos.
—No… no… —murmuraba—. Ese teléfono tiene que estar por alguna parte.
Fue directo al despacho de César. Encendió la luz con un movimiento brusco y comenzó a abrir cajones, uno tras otro, revolviendo papeles sin ningún orden. Sus manos temblaban.
—Dalia, debes tranquilizarte —dijo César entrando tras ella—. No estás segura de que esa chica sea nuestra hija.
Ella se giró de golpe, con los ojos enrojecidos.
—Está claro que tú sí estás tranquilo, ¿no? —le gritó—. Por tu culpa la tuvimos que dejar en ese lugar.
César apretó la mandíbula.
—Dalia… hice todo lo posible por encontrar a la niña —respondió—. Pero esas monjas dijeron que ella había muerto.
—¡Tú ni siquiera lo comprobaste! —gritó ella, la voz quebrándose—. Y estoy segura de que ella