La mansión Rach estaba en silencio cuando cruzaron la puerta. Un silencio pesado, incómodo, que contrastaba con el caos que llevaba Dalia por dentro. Apenas entraron, ella se soltó del brazo de su esposo y caminó con pasos rápidos, descompuestos.
—No… no… —murmuraba—. Ese teléfono tiene que estar por alguna parte.
Fue directo al despacho de César. Encendió la luz con un movimiento brusco y comenzó a abrir cajones, uno tras otro, revolviendo papeles sin ningún orden. Sus manos temblaban.
—Dali