El despacho de Thomas había quedado en silencio. Afuera, el murmullo habitual de la oficina comenzaba a retomar su ritmo, pero dentro todo parecía suspendido en un instante extraño.
Daniela estaba de pie frente al ventanal. La ciudad se extendía bajo sus pies, gris y viva, pero ella no la veía realmente. Su atención estaba fija en su propia muñeca. La giraba despacio, una y otra vez, observando esa marca que había llevado siempre, pero que nunca antes había sentido tan pesada. El gesto de la mujer de Rach Imprenta se repetía en su mente: la mirada clavada ahí, el color borrándose de su rostro, la botella cayendo al suelo.
Había algo que no encajaba, y esa sensación le apretaba el pecho.
Thomas la observó unos segundos desde atrás. Dejó los documentos sobre el escritorio y caminó hacia ella sin hacer ruido. Se colocó a su espalda y la rodeó con los brazos, atrayéndola con suavidad contra su cuerpo. El contacto fue inmediato, protector.
—¿Qué sucede, nena? —preguntó en voz baja, apoyand