Mundo ficciónIniciar sesiónLos días que siguieron al compromiso de Alejandro fueron una larga agonía silenciosa para Daniela. No hubo lágrimas en público, ni escenas dramáticas, solo una calma forzada que dolía más que cualquier llanto. Había empacado sus cosas del apartamento que compartían: las tazas del desayuno, las fotos que colgaban en el pasillo, la manta que él decía que olía a ella. Todo lo metió en cajas pequeñas, sin mirar atrás, con las manos temblorosas pero decididas.
Esa misma noche regresó a casa de sus padres. Su madre, al verla llegar con los ojos rojos y la voz quebrada, no hizo preguntas. Solo la abrazó fuerte, en silencio, como quien sabe que hay dolores que las palabras no pueden consolar. Ahora, de nuevo, los días comenzaban temprano. Despertaba antes del amanecer, tomaba el autobús con el cabello aún húmedo y llegaba al edificio Kan con una puntualidad impecable, casi mecánica. Se había prometido no volver a mezclar su vida personal con el trabajo, aunque cada rincón de esa empresa le recordara a él. Pero ese lunes, el destino decidió ponerla a prueba. El ascensor del piso principal estaba casi vacío cuando Daniela entró. Presionó el botón del piso treinta, el de siempre, y dejó escapar un suspiro. El reflejo en las paredes de acero mostraba su rostro serio, los labios apretados, los ojos con ese brillo apagado que aún no conseguía esconder. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando una voz grave y autoritaria interrumpió el silencio. —Sujétalo, Alejandro. Daniela levantó la vista. Su corazón dio un vuelco. Las puertas se abrieron nuevamente… y ahí estaban. Thomas Kan, impecable en su traje oscuro, con ese porte que imponía respeto y miedo a partes iguales. Y junto a él, Alejandro. Con el mismo traje gris que ella le había regalado un cumpleaños atrás, con el reloj que ella había pagado a plazos. Su cabello perfectamente peinado, la sonrisa de hombre exitoso, y esa mirada que evitó cruzar con la suya, como si supiera que no soportaría lo que vería en sus ojos. Daniela apretó los puños con fuerza. No dijo nada. Solo se apartó un paso, dejando espacio para que entraran. El aire dentro del ascensor se volvió denso, cargado de un silencio incómodo. El perfume de Thomas, amaderado y elegante, mezclado con el aroma familiar de Alejandro, la envolvía y la asfixiaba a la vez. —Bueno, sobrino —decía Thomas con tono satisfecho mientras pulsaba el botón del piso treinta y cuatro—, me alegra que hayas aceptado la propuesta sin pensarlo demasiado. Es lo mínimo que puedo hacer por el futuro esposo de mi hermana. Además, que todo quedará en familia. Sabes lo importante que es tu tía para mí. Daniela sintió cómo la sangre se le helaba. —Gracias, tío... perdón, señor Kan —respondió Alejandro con una sonrisa que sonaba forzada, casi tensa—. Es un honor, realmente. No lo defraudaré. Thomas soltó una pequeña carcajada. —Lo dudo. Has demostrado ser ambicioso, y eso me gusta. A partir de la próxima semana asumirás como director de redacción. —Luego le dio una palmada en el hombro—. Considera esto un pequeño regalo de compromiso. Las palabras cayeron como una piedra dentro del ascensor. “Regalo de compromiso.” Daniela cerró los ojos un instante, tratando de contener la rabia que se le acumulaba en el pecho. Sintió cómo sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos. “Regalo”, pensó, repitiendo la palabra con un sabor amargo. Todo lo que había soñado junto a Alejandro —su crecimiento, su esfuerzo, su talento— ahora era un premio por haberse vendido. Thomas continuó hablando, sin percatarse (o quizás sí) del peso que esas palabras tenían para ella. —Mi hermana está encantada. Dice que eres un hombre confiable, un futuro excelente esposo. Supongo que eso también lo demuestra tu compromiso con la empresa. Daniela tragó saliva con dificultad. Cada frase era una herida nueva. Alejandro solo asintió, sin levantar la vista. Pero el reflejo en el acero del ascensor la traicionó: Daniela lo observó de reojo y lo vio nervioso, tenso, moviendo los dedos sobre el maletín. Sabía que él podía sentir su presencia, que el silencio que guardaba era su castigo. El ascensor subía lentamente, como si el tiempo se burlara de ella. Cada número que se iluminaba en el panel parecía marcar una humillación más. —Kan Group necesita hombres leales —continuó Thomas—. Y tú, Alejandro, has demostrado tener visión desde qué eras un muchacho. “Leales.” La palabra resonó como una burla. Daniela respiró hondo, con la mirada fija al frente. No se permitiría una lágrima, no frente a ellos. Pero por dentro, su corazón ardía. Recordó todas las veces que él le dijo que sus sueños eran compartidos, que todo lo hacía por los dos. Ahora entendía: todo lo hacía por sí mismo. El ascensor se detuvo con un suave sonido metálico. El piso treinta y cuatro. Thomas fue el primero en salir, imponente como siempre, caminando con paso firme hacia la sala de juntas. Alejandro se quedó un segundo atrás, como dudando. Daniela se movió para salir también, pero al pasar junto a él, sus hombros se rozaron levemente. Él bajó la voz, apenas un susurro. —Dani… Ella se giró despacio, mirándolo directamente. Su mirada no tenía rastro de amor, solo una calma fría, contenida, que dolía más que los gritos. —Ya basta Alejandro —dijo ella, apenas moviendo los labios—. Ni una palabra. El tono fue tan bajo que Thomas no alcanzó a escucharlo, pero Alejandro sí. Se quedó quieto, con la culpa escrita en el rostro. Ella caminó hacia la salida sin mirar atrás, con la espalda recta, el paso firme. Thomas, desde adelante, volteó apenas un segundo para mirarla. Sus ojos, oscuros y calculadores, la siguieron unos instantes, deteniéndose en la forma en que caminaba, en la tensión que había en su mandíbula, en la elegancia con la que disimulaba el dolor. Sonrió apenas. Una sonrisa casi imperceptible, pero peligrosa. —Interesante mujer —murmuró Thomas por lo bajo, lo suficiente para que solo Alejandro lo escuchara. El joven se tensó, sin entender del todo el tono de su jefe, aunque algo en su interior se revolvió. —Sí… lo es —contestó en voz baja. Cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de ellos, Daniela exhaló el aire que había contenido todo ese tiempo. Sus manos temblaban. Sentía la garganta seca, los ojos ardiendo, pero no dejaría que nadie la viera débil. No después de eso. Mientras caminaba por el pasillo, se repitió una sola frase: "No les darás el gusto de verte caer."






