Cuando llegaron a la habitación del hotel, el silencio se les vino encima como una losa. Apenas la puerta se cerró a sus espaldas, Thomas sintió un calor sofocante, denso, casi irreal. El aire parecía faltarle. Se llevó una mano al cuello, respiró hondo, pero no mejoró. Al contrario. Todo empeoró.
La habitación estaba apenas iluminada por las luces de la ciudad que entraban por los ventanales, y cada vez que sus ojos se cruzaban con la figura de Daniela, ese fuego interno se intensificaba.
Thomas dio dos pasos torpes y apoyó el brazo contra la pared, bajando la cabeza un instante, como si el mundo se hubiera vuelto demasiado pesado.
—Señor Kan… —dijo Daniela de inmediato, notando el cambio—. ¿Qué le sucede? ¿Se siente mal?
Ella se acercó por reflejo, pero Thomas alzó la mano entre ambos, deteniéndola en seco.
—No te acerques, Daniela —dijo con la voz áspera, cargada de tensión—. No sé qué demonios tenía ese vino… pero me está quemando por dentro.
Con movimientos bruscos, se desabrochó