Thomas se sentó en el borde de la cama con Daniela a horcajadas sobre él. Sus bocas se volvieron a encontrar, el beso era un caos de hambre y urgencia. Sus piernas se enredaron en torno a la cadera de él, buscando más contacto, más cercanía, de pronto rompió el beso, pero solo para seguir un camino por debajo de su barbilla, su cuello, hasta el punto sensible donde la clavícula se juntaba con su hombro. Su respiración era agitada. Cuando llegó a ese punto, mordió suavemente y luego lamió, como si quisiera marcar territorio.
—Me enloqueces de verdad... sabes bien lo que me haces.
Él volvió a subir, su boca reclamando la suya. El beso se volvió salvaje, desatado. Sus manos siguieron acariciando todo su cuerpo, memorizando cada curvatura y línea.
Cuando se apartó para respirar, lo hizo sujetándola de la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos. Su voz estaba ronca de deseo.
—Mírame, Dani... dime lo que quieres...
Daniela podía sentir el aliento de Thomas junto a su mejilla mientras é