La cena de negocios se desarrolló en un restaurante tradicional, discreto desde fuera, pero elegante y solemne por dentro. La madera oscura dominaba el espacio, las lámparas de papel arrojaban una luz tibia que parecía pensada para obligar a bajar la voz, y el murmullo de conversaciones en japonés se mezclaba con el tintinear contenido de la vajilla.
Thomas y Daniela llegaron juntos, pero no caminaban a la par.
Él iba un paso adelante, serio, con el rostro impenetrable que solía usar en reuniones importantes. Ella lo seguía con la espalda recta, el vestido negro ajustándose a cada movimiento de sus piernas, consciente de cada mirada que recibía, pero sin levantar la cabeza más de lo necesario. Entre ellos se extendía un silencio espeso, cargado de todo lo que no se habían dicho… y de todo lo que se habían dicho demasiado.
Los directores japoneses se pusieron de pie al ver a Thomas.
—Señor Kan —saludaron con una leve reverencia—. Es un honor tenerlo aquí.
—El honor es mío —res