—¿Cómo...? —balbuceó Daniela, retrocediendo otro paso hasta que su espalda topó con la pared.
La habitación parecía haberse encogido. El aire, antes denso, ahora era casi irrespirable. Sus ojos se clavaron en los de él, buscando una salida, una broma, algo que rompiera aquella confesión tan cruda y real. Pero no había burla en el rostro de Thomas. Solo fuego contenido.
Y entonces lo vio: la forma en que sus nudillos se blanqueaban al apretar el puño contra su muslo. La manera en que tragaba com