Cuando llegaron a la habitación, Daniela colocó con cuidado la caja del vestido sobre la cama, alineándola casi con nerviosismo, como si aquel objeto tuviera un peso mayor al real. El silencio del lugar era distinto al de antes, más denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Nos queda tiempo, no te apresures en darte una ducha —dijo Thomas de pronto, con la voz más áspera de lo habitual—. Voy a pedir algo de beber, tengo mucha sed.
Mientras hablaba, llevó ambas manos a la corbata y tiró de ella con brusquedad, pero el nudo no cedió. Frunció el ceño, incómodo, y volvió a intentarlo sin éxito.
—Déjeme ayudarlo —dijo Daniela, acercándose sin pensarlo demasiado.
Ella era apenas un poco más baja que él, lo suficiente para que tuviera que alzar ligeramente los brazos. Al quedar frente a frente, la cercanía se volvió evidente. Daniela percibió el perfume de su loción, la tensión en su mandíbula, y sintió claramente cómo la mirada de Thomas se detenía en su rostro, l