Cuando llegaron a la habitación, Daniela colocó con cuidado la caja del vestido sobre la cama, alineándola casi con nerviosismo, como si aquel objeto tuviera un peso mayor al real. El silencio del lugar era distinto al de antes, más denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Nos queda tiempo, no te apresures en darte una ducha —dijo Thomas de pronto, con la voz más áspera de lo habitual—. Voy a pedir algo de beber, tengo mucha sed.
Mientras hablaba, llevó ambas manos a