El trayecto hasta la sede de la empresa transcurrió en un silencio denso, casi palpable. El coche avanzaba con suavidad por las avenidas de Tokio, entre rascacielos de cristal, carteles luminosos y un orden impecable que contrastaba con el torbellino interno de ambos. Daniela mantenía la mirada fija en la ventana, observando cómo la ciudad despertaba con una precisión casi coreografiada. Sus manos descansaban sobre el portafolio, apretándolo de vez en cuando como si fuera un ancla. Thomas, sentado a su lado, no decía una palabra. De vez en cuando, sin poder evitarlo, giraba el rostro para mirarla. Había algo en su perfil serio, en la forma contenida en que ella respiraba, que no lograba sacarse de la cabeza desde aquella confesión en la habitación del hotel.
El coche se detuvo frente a un edificio imponente, una torre de vidrio y acero que parecía perderse en el cielo. Thomas fue el primero en bajar.
—Vuelve por nosotros en dos horas —le indicó al chófer con tono firme.
Daniela descen