Tomas llegó a la mansión pasadas las diez de la noche, con el peso del día todavía oprimiéndole el pecho como un nudo mal hecho que no lograba desatar. El motor del auto se apagó y durante un segundo permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el volante, la mirada fija en la fachada iluminada. Aquella casa, enorme y silenciosa, ya no le ofrecía descanso; era un territorio minado por reproches, miradas acusadoras y una sensación constante de estar atrapado.
Entró sin saludar a nadie. El vest