Tomas llegó a la mansión pasadas las diez de la noche, con el peso del día todavía oprimiéndole el pecho como un nudo mal hecho que no lograba desatar. El motor del auto se apagó y durante un segundo permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el volante, la mirada fija en la fachada iluminada. Aquella casa, enorme y silenciosa, ya no le ofrecía descanso; era un territorio minado por reproches, miradas acusadoras y una sensación constante de estar atrapado.
Entró sin saludar a nadie. El vestíbulo estaba apenas iluminado por las lámparas de pared, proyectando sombras alargadas sobre el mármol. Cada paso resonaba con una claridad incómoda. Subió las escaleras con movimientos firmes, casi mecánicos, como si cada escalón fuera una decisión que ya había tomado pero que se resistía a aceptar del todo.
Al entrar a su habitación, encendió la luz de golpe. El silencio era espeso, opresivo. Cerró la puerta detrás de él y exhaló con fuerza. Caminó directo al clóset, lo abrió y tomó una male