Tomás pasó la noche en su coche, estacionado en uno de los niveles del aeropuerto. El asiento reclinado, el saco doblado de manera torpe sobre el pecho y la mente despierta aunque los ojos se cerraran a ratos. No entró al edificio, no buscó un hotel cercano. Solo esperó. Cuando el cielo empezó a aclarar y el flujo de viajeros aumentó, salió del vehículo, tomó su maleta y se dirigió a la terminal como si aquella hubiese sido siempre la idea.
Daniela llegó más temprano de lo que le habían indicad