Mundo ficciónIniciar sesiónEl reloj marcaba las ocho y cuarenta y cinco cuando Daniela entró al edificio del Grupo Kan. Llevaba en una mano su bolso beige y en la otra una carpeta con los informes que había terminado la noche anterior, mientras el olor del café recién comprado aún flotaba entre sus dedos. El vestíbulo, con su suelo de mármol pulido y las luces frías del techo, reflejaba la solemnidad que siempre la intimidaba un poco.
Saludó al guardia de seguridad con su amabilidad habitual, pasó su tarjeta por el torniquete y esperó el ascensor. Su reflejo en las puertas metálicas le devolvió una imagen que no terminaba de gustarle: ojeras leves, labios sin color, cabello recogido con prisa. “Nada que un poco de lápiz labial no arregle”, pensó, mientras se aplicaba uno color coral con la destreza de quien lo hace todos los días. Cuando el ascensor llegó al piso treinta y dos, el corazón le dio ese pequeño salto de emoción rutinaria. Aquel era su espacio. Su segundo hogar. Llevaba tres años trabajando allí como asistente personal de Laura Kan, la hija del dueño del grupo. Una mujer de apariencia perfecta, educada en Europa, con una elegancia que parecía natural y una seguridad que a veces asustaba. Daniela se ajustó la blusa, tomó aire y entró en la oficina. —Buenos días, señorita Kan —saludó con una sonrisa profesional. Laura estaba de espaldas, frente al ventanal que daba a la ciudad. Su silueta, impecablemente vestida con un conjunto blanco de dos piezas, se recortaba contra el cielo gris. Sostenía una taza de porcelana y parecía absorta en sus pensamientos. —Buenos días, Daniela —respondió sin girarse aún—. Deja los informes sobre mi escritorio. —Sí, señorita. —Daniela los colocó con cuidado en el mueble de cristal y comenzó a ordenar el correo entrante—. También llegó la confirmación del evento de aniversario. El salón estará disponible desde las seis. Laura se volvió lentamente. Su rostro, maquillado con tonos neutros, irradiaba control. —Perfecto. Me aseguraré de que todo salga impecable. Mi padre no tolera los errores. —Claro, señorita. —Daniela le sonrió con respeto, aunque aquella frase le erizó la piel. Durante los primeros minutos, todo transcurrió con normalidad. Laura dictaba correos, revisaba contratos, pedía llamadas. Daniela anotaba con rapidez, acostumbrada a seguirle el ritmo. Era un trabajo exigente, pero le gustaba; le permitía estar cerca de los grandes proyectos, aprender, sentirse parte de algo importante. Sin embargo, aquella mañana había algo diferente. Laura parecía distraída, más de lo usual. Su tono era más suave, su mirada más lejana. —¿Desea que le programe la reunión con el departamento de marketing para hoy o mañana? —preguntó Daniela mientras tecleaba. —Mañana —respondió Laura, mirando de nuevo su teléfono—. Hoy no quiero reuniones largas. Daniela asintió sin sospechar nada. Un par de horas después, mientras organizaba los documentos sobre la mesa auxiliar, Laura se levantó para servirse más café. Fue entonces cuando Daniela lo notó. El brillo de un anillo llamó su atención al instante. Era elegante, de oro blanco, con un diamante discreto pero perfectamente tallado. No era un anillo cualquiera. No de esos que una mujer se pone por gusto. Era un anillo de compromiso. Durante un segundo, Daniela se quedó inmóvil, como si el aire se hubiera espesado a su alrededor. La observó sin querer hacerlo, intentando disimular la sorpresa. Laura movía la mano con naturalidad, ajena a la mirada de su asistente. —¿Le sirvo más café, señorita Kan? —preguntó Daniela, intentando mantener la voz firme. —No, gracias. —Laura sonrió levemente y se sentó de nuevo—. Aunque supongo que pronto tendré que cambiar mi nombre en las tarjetas, ¿no? —comentó con un dejo de ironía. Daniela tardó un segundo en procesar lo que acababa de oír. —¿Perdón? —murmuró, fingiendo no entender. Laura levantó la mano y observó el anillo bajo la luz. —Supongo que ya no será un secreto por mucho tiempo. Ayer fue la cena de compromiso. Mi prometido insistió en mantenerlo discreto hasta el anuncio oficial del aniversario de la empresa. El corazón de Daniela dio un vuelco. —¿Comprometida? —repitió con una sonrisa que le costó mantener—. Qué lindo… felicidades. —Gracias. —Laura apoyó el mentón sobre la mano y la miró con una expresión serena—. Es curioso, ¿verdad? La vida a veces te pone frente a personas que parecen hechas para ti. Todo encajó tan rápido… Daniela tragó saliva. —¿Y… puedo preguntar quién es el afortunado? —dijo con un tono amable, aunque por dentro sentía una punzada en el pecho que no supo explicar. Laura dejó escapar una pequeña sonrisa. —Tal vez lo conozcas. Trabaja aquí también. Es uno de los redactores del departamento de comunicación. Alejandro, ¿te suena? El mundo se detuvo. Daniela no escuchó nada más. Su mente se quedó suspendida entre el sonido de su propio corazón y el zumbido lejano del aire acondicionado. Intentó sonreír, pero el gesto se le quebró en el rostro. —Sí… claro que me suena —dijo con voz apenas audible. Laura siguió hablando, ajena al temblor que recorría a su asistente. —Es encantador. Inteligente, divertido… mi hermano lo aprecia mucho. Dice que tiene potencial, que no le teme al trabajo duro. —Soltó una risita suave—. Supongo que por eso me enamoré de él. Daniela bajó la mirada al escritorio. Sus manos estaban frías, los dedos se le entrelazaron para no temblar. —Debe ser un hombre afortunado, señorita Kan —susurró. —Ambos lo somos —respondió Laura con un brillo de satisfacción—. Ya te enseñaré las fotos cuando estén listas. Fue una cena íntima, pero preciosa. Daniela asintió sin decir nada más. Su pecho ardía, como si una llama se encendiera desde adentro, lenta, devastadora. Siguió trabajando en silencio, fingiendo concentración. Cada letra que escribía en el teclado era un esfuerzo para no dejar que las lágrimas traicionaran su orgullo. De vez en cuando, sus ojos volvían al anillo en la mano de Laura, y una mezcla de incredulidad y dolor la hacía respirar hondo. Alejandro. Su Alejandro. El hombre que anoche la había abrazado en la cama, que le había prometido un viaje juntos, que la había besado como si nada más existiera. La realidad se volvió borrosa por un instante. Tuvo que apoyarse en el escritorio para no perder el equilibrio. Laura notó su palidez. —¿Estás bien, Daniela? Te ves algo pálida. —Sí, solo… no he desayunado bien, creo —respondió rápidamente. —Ve a la cafetería y toma algo —le dijo Laura con amabilidad—. No quiero que te me desmayes en plena jornada. Daniela asintió y salió de la oficina. Caminó por el pasillo como si cada paso le costara el doble. Apenas cerró la puerta detrás de sí, el aire pareció volver a sus pulmones. Cruzó el pasillo hasta el baño de empleados, empujó la puerta y se miró al espejo. Su reflejo era el de una mujer que acababa de perder algo que no sabía que podía perder así: sin gritos, sin despedidas, sin explicación. Se llevó una mano al pecho y respiró profundo. El anillo. El nombre. La traición. Todo se arremolinaba dentro de ella como una tormenta contenida. —¿Cómo pudiste? —susurró al vacío, con los ojos empañados—. ¿Cómo pudiste hacerme esto, Alejandro? El silencio fue su única respuesta.






