Episodio 2

El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando Daniela caminó por el pasillo del departamento de comunicación. Su corazón latía con fuerza, no por nervios, sino por pura rabia contenida. No había ido a comer, no había podido pensar en otra cosa desde que vio el anillo en la mano de Laura.

Cada paso que daba resonaba sobre el piso pulido, como si el eco quisiera anunciar su llegada.

Los empleados la saludaban al pasar, pero ella apenas los veía. Solo tenía un destino: la oficina de Alejandro Ortega, el hombre que la había engañado sin temblar, el hombre que le había prometido un futuro mientras construía otro con alguien más.

La puerta estaba entreabierta. Dentro, él revisaba unos documentos con la concentración tranquila de quien no sospecha nada. Su camisa blanca estaba arremangada, el cabello ligeramente despeinado, y el rostro… ese rostro que ella había besado tantas veces, seguía siendo el mismo.

Hasta que lo vio levantar la vista.

—Dani… —sonrió al reconocerla, dejando los papeles sobre el escritorio—. Qué sorpresa, amor. No sabía que vendrías hoy por aquí.

Ella no respondió.

Entró despacio, cerró la puerta detrás de sí y lo miró sin decir palabra. Alejandro se acercó a ella con su expresión habitual, confiada, con ese aire encantador que siempre usaba para salirse con la suya.

—¿Qué pasa, mi vida? —preguntó mientras se acercaba.

Y entonces ocurrió.

El sonido seco de la bofetada llenó la oficina como un trueno.

Alejandro se quedó inmóvil, con la mejilla ardiendo y la sorpresa clavada en los ojos.

—¿Qué… qué haces? —balbuceó, llevándose una mano al rostro.

Daniela temblaba. La respiración le salía entrecortada, las lágrimas amenazaban con caer, pero la furia podía más.

—¿De verdad me lo preguntas? —dijo con voz rota, cargada de rabia y dolor—. ¿Quieres que te lo diga yo, Alejandro? ¿O prefieres que te lo diga tu prometida?

Él dio un paso atrás, el color desapareció de su rostro.

—Dani, espera…

—¡No me llames así! —gritó ella, dando un paso al frente—. ¡No te atrevas a decir mi nombre como si aún tuvieras derecho!

Él levantó las manos, intentando calmarla.

—No es lo que piensas…

—¡¿Ah no?! —exclamó, con una risa amarga—. Entonces explícame, por favor, qué es lo que debería pensar cuando veo a la mujer para la que trabajo luciendo un anillo que tú pusiste en su dedo.

Alejandro bajó la mirada, avergonzado.

—No fue una decisión fácil, Daniela. Yo… lo hice por nosotros.

Ella se quedó mirándolo, sin comprender.

—¿Por nosotros? —repitió con incredulidad—. ¿Por nosotros me traicionas con la hermana de tu tío político? Que además es nuestro jefe ¡Por nosotros te comprometes mientras aún me abrazas en la cama!

—Tienes que entenderlo —dijo él, acercándose con voz temblorosa—. Thomas me hizo una oferta. No solo era un ascenso, era una oportunidad para asegurar mi futuro, el nuestro. No podía decir que no.

Daniela lo empujó con fuerza.

—¡Nuestro futuro no se construye sobre mentiras! ¡No se compra con anillos ni con dinero sucio!

Las lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas, sin que pudiera detenerlas.

—Yo creí en ti, Alejandro —dijo con la voz quebrada—. Creí en cada palabra, en cada promesa… y tú estabas planeando casarte con otra.

Él intentó acercarse de nuevo, pero ella lo golpeó en el pecho con ambos puños, una y otra vez, como si quisiera borrar de su cuerpo el recuerdo de cada caricia.

—¡Te odio! —gritó, llorando con rabia—. ¡Te odio por hacerme esto, por jugar conmigo, por hacerme sentir que todo valía la pena!

Alejandro la sujetó de las muñecas, desesperado.

—¡Cálmate, Dani! ¡Por favor, déjame explicarte!

Ella forcejeó, sollozando.

—¡Suéltame! ¡No me toques!

Él la sujetó con más fuerza, intentando callarla, poner orden en medio del caos.

—¡Baja la voz, por favor! —dijo en un susurro desesperado, mirando hacia la puerta—. Si alguien te escucha, si Laura se entera, todo se arruina.

Daniela lo miró con los ojos enrojecidos, y una carcajada amarga le escapó entre lágrimas.

—¿Eso es lo que te preocupa? ¿Tu secreto? ¿Tu reputación?

Intentó liberarse, pero él le tapó la boca con una mano, rogándole con la mirada.

—Por favor, Dani, no hagas esto aquí. Te lo juro, puedo arreglarlo. Solo necesito tiempo, unos meses, y todo será diferente.

Ella lo apartó con un manotazo y retrocedió unos pasos, jadeando.

—No, Alejandro. Ya no quiero escucharte. No quiero saber nada más de ti.

Él extendió una mano hacia ella, temblando.

—Daniela, por favor…

—No digas mi nombre —susurró ella, limpiándose las lágrimas con rabia—. No mereces ni pronunciarlo.

Guardó silencio unos segundos, respirando con dificultad. Su pecho subía y bajaba con violencia, mientras él la miraba sin saber qué decir, derrotado, acorralado por sus propias decisiones.

—Espero que te valga la pena —dijo al fin, con una voz baja pero firme—. Todo lo que estás haciendo… espero que ese ascenso, ese dinero, ese matrimonio falso, te llenen el vacío que te quedó donde alguna vez tuviste alma.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Su cuerpo temblaba, pero no se detuvo.

Alejandro dio un paso al frente.

—Dani, no te vayas así, por favor…

Ella se detuvo un segundo en el umbral y lo miró por última vez.

—Te juro que nunca en mi vida volveré a dejar que me mientas —dijo, con una calma que dolía más que los gritos—. Lo nuestro murió en el momento en que pusiste ese anillo en otra mujer.

Y sin decir más, salió.

Alejandro se quedó solo en la oficina, con el eco de la puerta cerrándose detrás de ella. Se llevó una mano al rostro, intentando procesar lo que acababa de ocurrir. En su interior, algo se quebró también, pero ya era tarde.

Desde el pasillo, Daniela caminó sin rumbo, con la vista nublada y el corazón desgarrado. Todo el edificio seguía funcionando, los teléfonos sonaban, los empleados hablaban, la vida continuaba como si nada.

Pero para ella, el mundo se había detenido.

El hombre que amaba había vendido su amor a cambio de poder, y ni toda la fuerza que tenía bastaría para recomponer los pedazos que él acababa de romper.

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