La puerta doble de la habitación principal se abrió con un leve chirrido, apenas audible, pero Rosa saltó de la cama como si hubiese sido un trueno. Llevaba horas acostada, incapaz de dormir, con la mente revuelta por las palabras venenosas de Laura y el silencio inquietante de la casa.
Cuando vio a Thomas entrar, alto, serio, con el saco del traje en la mano y el ceño tenso por el cansancio, corrió hacia él casi tropezando con la alfombra.
—Thomas… qué bueno que llegaste —murmuró con un hilo de voz tembloroso, abrazándolo con urgencia, casi con miedo.
Él recibió el abrazo, pero su cuerpo permaneció rígido, distante. Aun así, Rosa se aferró más fuerte, como si su vida dependiera de la respuesta de él.
—No podía dormir… —continuó—. Laura dijo cosas horribles. Dijo que… que tú…
La frase se quebró antes de terminar. Sus dedos temblaban sobre la tela de la camisa de Thomas.
Él soltó un suspiro lento, agotado, y levantó una mano para acariciar el cabello de ella apenas un segundo.
—No le h