La puerta doble de la habitación principal se abrió con un leve chirrido, apenas audible, pero Rosa saltó de la cama como si hubiese sido un trueno. Llevaba horas acostada, incapaz de dormir, con la mente revuelta por las palabras venenosas de Laura y el silencio inquietante de la casa.
Cuando vio a Thomas entrar, alto, serio, con el saco del traje en la mano y el ceño tenso por el cansancio, corrió hacia él casi tropezando con la alfombra.
—Thomas… qué bueno que llegaste —murmuró con un hilo d