Laura permaneció frente a Thomas, respirando agitada, con las manos cerradas en puños tan tensos que sus nudillos habían perdido el color. Toda la majestuosidad del piso ejecutivo no servía para amortiguar el peso del silencio que cayó tras su grito. Daniela, todavía sentada en la silla alta, observaba con el corazón golpeándole el pecho, sin atreverse a moverse… ni a intervenir.
Thomas sostuvo la mirada de su hermana con esa calma irritante que solo él podía permitirse.
—Laura —dijo finalmente, dejando caer los brazos a los costados—, baja el tono. Aquí no estamos en el jardín, tienes cuarenta años, no siete.
Era exactamente el tipo de frase que lograba que Laura ardiera.
—¿Me estás tomando el pelo? —soltó ella, caminando hacia él con los tacones repiqueteando contra el piso—. ¡Has elegido una modelo para la portada SIN consultarme! ¡A MI! ¡A la directora de proyectos! ¡A la persona encargada de todas las campañas de esta empresa!
Thomas levantó la ceja, apoyándose en el borde del es