Apenas la puerta se cerró tras Laura, el silencio en la oficina se volvió denso, casi corporal. Daniela seguía sentada en la silla alta de maquillaje, pero ahora sentía que su espalda estaba rígida, como si cada músculo temiera moverse. Las maquilladoras, que se habían quedado congeladas contra la pared esperando indicaciones, no sabían si retomar su trabajo o salir corriendo.
Thomas respiró despacio, cerrando un momento los ojos como si estuviera conteniendo algo: un impulso, una réplica más dura, o quizá un cansancio acumulado por años de manejar a su hermana.
Cuando los abrió, su mirada fue directamente hacia Daniela.
Una mirada intensa. Sin dureza, pero con una determinación firme que la dejaba sin aire.
—Pueden volver —ordenó a las estilistas sin apartar la vista de Daniela.
Las jóvenes regresaron de inmediato, nerviosas, como si caminaran sobre cristales. Una empezó a acomodar los pinceles; otra buscó nuevamente el rubor que había dejado sobre la mesa cuando Laura irrumpió. Pero