El piso ejecutivo de la imprenta tenía su propia energía, casi como un organismo vivo que respiraba a ritmo acelerado cada vez que algo importante estaba por ocurrir. Laura salió de su oficina con una carpeta en una mano y el móvil en la otra, lista para marcharse a una cita externa, cuando un ruido inusual la obligó a detenerse.
Tacones corriendo. Vocecitas nerviosas. El tintineo de maletines metálicos de maquillaje. El ascensor abriéndose y cerrándose como un monstruo devorando estilistas.
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