El piso ejecutivo de la imprenta tenía su propia energía, casi como un organismo vivo que respiraba a ritmo acelerado cada vez que algo importante estaba por ocurrir. Laura salió de su oficina con una carpeta en una mano y el móvil en la otra, lista para marcharse a una cita externa, cuando un ruido inusual la obligó a detenerse.
Tacones corriendo. Vocecitas nerviosas. El tintineo de maletines metálicos de maquillaje. El ascensor abriéndose y cerrándose como un monstruo devorando estilistas.
Frunció el ceño.
Tres estilistas pasaron frente a ella como una ráfaga: una cargaba brochas, otra un estuche de sombras y la última unos enormes focos portátiles. Todas iban jadeando, claramente apuradas.
—¡Oigan! —exclamó Laura al verlas cruzar el pasillo como si estuvieran huyendo de un incendio.
Pero ninguna se detuvo.
La irritación subió como fuego por su pecho. Laura dio dos pasos largos hacia el ascensor, justo cuando una cuarta estilista, muy joven, corría con una maleta que casi arrastraba