Capítulo 19

La luz en la finca de Bedford tenía una cualidad artificial, incluso cuando el sol lograba filtrarse a través de los espesos bosques de Westchester. Isolde se despertó con el sonido persistente de la lluvia golpeando contra los cristales blindados, un repiqueteo rítmico que parecía burlarse de la agitación que sentía en su interior. Aquel era el quinto día desde que se había iniciado la fase crítica de la estimulación ovárica, y su cuerpo ya no se sentía como propio. Era un mapa de sensaciones nuevas y dolorosas: la presión constante en el bajo vientre, la sensibilidad extrema de su piel y una neblina mental que la hacía sentir como si estuviera caminando a través de melaza.

Se incorporó en la cama, sintiendo cómo el mundo giraba levemente. En la mesita de noche, junto a un vaso de agua con electrolitos, descansaba una pequeña tarjeta con el emblema de la Fundación Vance. No tenía que abrirla para saber que era un mensaje de Alaric. Él no entraba en su habitación por las mañanas, respetando una frontera que ella misma había trazado con fuego, pero su presencia estaba infiltrada en cada detalle. La temperatura de la habitación, el tipo de sábanas, el contenido del desayuno que Maya —la asistente que Alaric había traído para sustituir a la del hospital— traería en pocos minutos; todo estaba calibrado por él.

Isolde se puso una bata de seda oscura y caminó hacia el ventanal. La lluvia borraba los límites del jardín, convirtiendo el paisaje en una acuarela borrosa de grises y verdes oscuros. Vio a dos hombres de Marcus patrullando con impermeables negros, moviéndose con una parsimonia letal. La seguridad se había intensificado tras el incidente en el túnel. Ahora, la finca era un ecosistema cerrado, una burbuja de alta tecnología donde la muerte y la vida negociaban los términos de un armisticio.

—¿Sra. Thorne? —la voz de Maya llegó acompañada de un suave golpe en la puerta—. La Dra. Sterling solicita verla en el laboratorio en media hora. Los folículos han alcanzado el tamaño crítico.

Isolde suspiró, cerrando los ojos. El momento de la extracción se acercaba. El momento en que su material genético sería extraído para encontrarse con el de Alaric en una placa de Petri, bajo la mirada vigilante de científicos que buscaban la perfección.

Antes de bajar al laboratorio, Isolde se desvió hacia la habitación de Julian. El pasillo estaba en silencio, decorado con cuadros de paisajes bucólicos que parecían absurdos en medio de la tensión que reinaba en la casa. Al entrar, la escena que encontró la detuvo en seco. Julian estaba sentado en un pequeño escritorio de madera que Alaric había hecho traer de las bodegas de la mansión familiar. Alaric estaba sentado frente a él, con una paciencia que Isolde todavía encontraba desconcertante. Estaban jugando al ajedrez.

—El caballo se mueve en "L", Julian —explicaba Alaric con voz baja, señalando la pieza tallada en marfil—. Salta sobre los demás porque es impredecible. En la vida, a veces tienes que saltar sobre los problemas en lugar de chocar contra ellos.

Julian frunció el ceño, una expresión que era un calco exacto de la de su padre cuando analizaba un contrato. Sus dedos pequeños y pálidos dudaron sobre la pieza.

—¿Tú eres un caballo, señor Alaric? —preguntó el niño, levantando la vista.

Alaric guardó silencio un segundo, y por el rabillo del ojo detectó la presencia de Isolde en la puerta. Su mirada se encontró con la de ella por un instante fugaz antes de volver a su hijo.

—Yo solía ser una torre, Julian. Rígida, pesada, moviéndome solo en líneas rectas. Pero la vida me enseñó que si no aprendes a moverte como el caballo, acabas siendo derribado.

—Julian, es hora de tus análisis —dijo Isolde, entrando en la habitación y rompiendo la intimidad del momento. El aire entre Alaric y ella siempre se sentía cargado, como el ambiente previo a una descarga eléctrica.

—Mami, ¡estoy ganando! —exclamó Julian, aunque claramente sus piezas estaban en una posición precaria.

—Lo estás haciendo muy bien, pequeño —ella le acarició el cabello, notando con alivio que tenía un poco más de color en las mejillas. El estabilizador de Boston estaba haciendo su trabajo, pero ambos sabían que era una solución temporal, un parche de oro sobre una herida abierta.

Alaric se puso de pie, recuperando su estatura imponente. Al lado de la fragilidad de Julian, él parecía una montaña de granito.

—Vete con la doctora, Isolde. Yo me quedaré aquí con él hasta que Marcus me llame para la reunión con Londres.

Isolde asintió, pero antes de salir, se detuvo frente a él. La diferencia de altura la obligaba a mirar hacia arriba, una posición que odiaba.

—He estado pensando en el Protocolo Phoenix, Alaric.

Él no se inmutó. Sus ojos grises eran lagos congelados que no revelaban nada de la corriente que corría debajo.

—Es un nombre técnico para una meta necesaria, Isolde.

—Es una arrogancia genética —le espetó ella en un susurro, para que Julian no escuchara—. Estás usando la enfermedad de nuestro hijo para financiar una utopía de sangre pura. Si descubro que el embrión seleccionado tiene modificaciones que no autoricé, te juro que quemaré esta clínica contigo dentro.

Alaric se inclinó hacia ella, tanto que Isolde pudo sentir el calor de su respiración en la frente.

—No busco la perfección, busco la inmunidad. Quiero que este nuevo hijo nunca tenga que depender de la sangre de nadie para sobrevivir. Si eso es pecado, entonces soy un pecador orgulloso. Ahora ve. La ciencia no espera por tu indignación moral.

Isolde bajó al laboratorio central, donde la Dra. Sterling ya la esperaba con el equipo quirúrgico preparado. La sala estaba a una temperatura controlada, lo suficientemente fría como para que Isolde temblara bajo su bata. Se acostó en la camilla de intervención, rodeada de pantallas que mostraban su interior en blanco y negro, una geografía de sombras y luces que representaban su capacidad de dar vida.

—Vamos a administrarle una sedación ligera, Isolde —dijo la Dra. Sterling mientras una enfermera le colocaba la vía intravenosa—. No sentirá dolor, solo una presión moderada. El Sr. Vance ya ha proporcionado su muestra. El proceso de fertilización comenzará inmediatamente después de la recolección.

Isolde sintió que el sedante empezaba a correr por sus venas, una sensación de frío que subía por su brazo y nublaba sus sentidos. El techo del laboratorio empezó a ondularse como el agua. Pensó en Venecia, en la luz del sol sobre los mosaicos de oro de la Basílica de San Marcos. Recordó la mano de Alaric en su cintura mientras bailaban en la plaza, la sensación de que nada malo podía pasarles jamás. ¿En qué momento el amor se había convertido en esta disección? ¿En qué momento la pasión se había transformado en un protocolo?

Mientras se hundía en el sueño químico, Isolde tuvo una visión clara: se veía a sí misma caminando por un pasillo infinito de espejos, y en cada espejo había un hijo diferente, todos con los ojos de Alaric, todos observándola con una demanda silenciosa de salvación.

El despertar fue lento y amargo. Isolde se encontró de nuevo en su habitación, con la luz de la tarde ya declinando hacia un naranja mortecino. Tenía una punzada sorda en el vientre y la garganta seca. Al girar la cabeza, vio a Alaric sentado en el sillón junto a la cama. No estaba leyendo, ni trabajando en su tablet. Simplemente la observaba con una expresión que Isolde no pudo descifrar: ¿era culpa, era expectación, o era simplemente la fría mirada de un dueño revisando su inversión?

—¿Cuántos? —fue lo primero que ella logró articular, su voz era un graznido débil.

Alaric se acercó y le ofreció un vaso de agua con una pajita. Esperó a que ella bebiera antes de responder.

—Dieciocho. Sterling dice que es una cifra excelente dada la agresividad del protocolo.

—Dieciocho —repitió ella, cerrando los ojos. Dieciocho posibilidades de vida. Dieciocho intentos de salvar a Julian.

—Ya han empezado la fertilización —continuó Alaric, su voz sonando extrañamente suave en la penumbra—. Mañana sabremos cuántos han sobrevivido a la primera división celular. Y luego empezará el cribado genético.

Isolde sintió una lágrima correr por su sien. No era de tristeza, sino de una impotencia absoluta.

—Somos unos monstruos, Alaric. Estamos jugando con dados cargados.

Alaric tomó su mano. Sus dedos se entrelazaron con una fuerza que Isolde no pudo rechazar en su estado de debilidad.

—Quizás lo seamos. Pero somos monstruos que protegen a sus crías. Prefiero ser un monstruo con un hijo vivo que un ángel con una tumba que visitar.

Se quedaron así, en silencio, mientras la noche de Bedford envolvía la mansión. Fuera, la lluvia había cesado, dejando un rastro de humedad y el sonido lejano de los grillos. En el laboratorio, en algún lugar bajo sus pies, dieciocho chispas de vida luchaban por existir, cada una de ellas cargada con el peso de una guerra familiar y la esperanza de una cura que parecía estar escrita en las estrellas, o quizás, en el código binario de una computadora de alta gama.

Aquella noche, por primera vez en cinco años, Isolde no soñó con la huida. Soñó con un niño que caminaba sobre el agua, un niño que tenía el rostro de Julian pero una fuerza que solo podía pertenecer a alguien que hubiera nacido para vencer a la muerte. El Protocolo Phoenix no era solo una investigación; era el comienzo de una nueva era para los Vance, una era donde la sangre ya no sería una maldición, sino el arma definitiva.

Sin embargo, en las sombras de la propiedad, una cámara térmica detectó un movimiento que no pertenecía a los patrulleros de Marcus. Una señal fue enviada a un satélite privado. El Círculo de Hierro no estaba esperando a que el niño naciera. Estaban preparando su propio protocolo: uno que no buscaba el nacimiento, sino el borrado total de un linaje que se atrevía a desafiar las leyes del mercado y de la propia naturaleza.

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