Mundo ficciónIniciar sesiónEl despertar en la finca de Bedford trajo consigo una claridad dolorosa, una de esas mañanas donde la luz del sol parece demasiado brillante para los ojos que han llorado en la oscuridad. Isolde se despertó con una sensación de pesadez en las extremidades, una consecuencia directa del cóctel hormonal que la Dra. Sterling le había administrado la noche anterior. Su cuerpo se sentía extraño, una vasija que empezaba a desbordarse de sensaciones ajenas: una náusea persistente, un calor inusual en la piel y una sensibilidad a flor de piel que convertía el roce de las sábanas de seda en una agresión.
Se levantó con dificultad y caminó hacia la habitación contigua, donde Julian descansaba. Al abrir la puerta, se detuvo en seco. Alaric estaba allí. No estaba de pie como un guardián, sino sentado en el borde de la cama, sosteniendo un libro de cuentos ilustrados. Julian estaba despierto, apoyado contra las almohadas, observando al hombre frente a él con una curiosidad que mezclaba la inocencia con una seriedad impropia de su edad. Era la primera vez que el niño estaba plenamente consciente y alerta desde que llegaron a la finca, y la imagen de ambos —el reflejo exacto del uno en el otro, separados solo por treinta años de cicatrices— le cortó la respiración a Isolde.
—¿Entonces eres un gigante de verdad? —preguntaba Julian con voz débil, pero clara.
Alaric cerró el libro con una suavidad extrema, una que Isolde nunca le había visto usar con nadie. —No soy un gigante, Julian. Soy... alguien que ha viajado mucho y que ha vuelto para asegurarse de que te pongas bien. ¿Te gusta este lugar? Tiene mejores vistas que el hospital, ¿verdad?
—Hay perros fuera —dijo el niño, señalando hacia la ventana—. Los vi por la mañana. ¿Son tus perros?
—Son tus perros si quieres que lo sean —respondió Alaric, y por un segundo, su voz tembló—. Están aquí para que nadie interrumpa tus sueños.
Isolde entró en la habitación, rompiendo el hechizo del momento. Julian sonrió al verla, un destello de luz que iluminó su rostro pálido. —¡Mami! El señor dice que tiene un jet privado y que cuando me cure podemos ir a ver las ballenas.
Isolde miró a Alaric. Él se puso de pie, recuperando su postura rígida, pero sus ojos todavía conservaban el rastro de la emoción. Ella se acercó a la cama y besó la frente de su hijo, comprobando su temperatura por puro instinto maternal. —El señor tiene muchas historias, Julian. Pero ahora tienes que desayunar y dejar que los médicos te revisen.
—¿Él se va a quedar? —preguntó el niño, mirando a Alaric con una esperanza que Isolde temía.
Alaric miró a Isolde, esperando un permiso silencioso que ella no estaba segura de querer dar. Sin embargo, al ver la fragilidad de su hijo, cedió. —Se quedará un rato, Julian. Pero ahora, mamá necesita hablar con los doctores.
Isolde salió de la habitación, haciendo una seña a Alaric para que la siguiera al pasillo. Una vez fuera, se giró hacia él con la rabia contenida burbujeando bajo la superficie de su fatiga. —¿Ballenas, Alaric? ¿Promesas de viajes? Te advertí que no le dieras esperanzas falsas. No sabemos si este tratamiento va a funcionar, no sabemos si saldremos de aquí con vida debido a tus "amigos" del Círculo, y tú ya estás planeando vacaciones familiares.
—No son esperanzas falsas, Isolde —respondió él, su voz volviendo a ser el acero de siempre—. Son objetivos. Julian necesita una razón para luchar, y yo voy a darle todas las razones del mundo. Además, no pretendo ser un extraño para él mientras estemos encerrados en esta casa. Si vamos a crear una vida en un laboratorio, lo mínimo que puedo hacer es ser una presencia real para el hijo que ya tengo.
—No lo hagas encariñarse contigo —advirtió ella, señalándolo con el dedo—. Porque cuando esto termine, cumplirás tu palabra y te irás. No quiero que Julian sufra una segunda pérdida cuando descubra quién eres y por qué te fuiste.
Alaric no respondió. Simplemente la observó, notando la palidez de su rostro y la forma en que su mano temblaba levemente. —Estás sufriendo los efectos de la medicación. Ve a desayunar. La Dra. Sterling te espera en el laboratorio central para la primera ecografía de seguimiento.
Isolde lo dejó allí, sintiendo que su autoridad se desmoronaba en cada interacción con él. Se dirigió al laboratorio, pero en el camino, se desvió hacia la oficina de registros médicos. Algo en la actitud de la Dra. Sterling el día anterior le había parecido demasiado clínico, incluso para un genio de la genética. La oficina estaba vacía, el personal estaba ocupado con la ronda matutina de Julian. Aprovechando su conocimiento en protocolos de confidencialidad y su rapidez mental, Isolde entró y comenzó a revisar las carpetas físicas que descansaban sobre el escritorio de mármol.
Buscó la carpeta marcada con el sello de la Fundación Vance. Al abrirla, sus ojos recorrieron rápidamente los términos del contrato de investigación. No era solo un tratamiento de fertilidad. El proyecto estaba etiquetado como "Protocolo Phoenix". Al pasar las páginas, encontró un anexo sombreado en rojo que no le habían mostrado. El "hermano salvador" no solo iba a proporcionar sangre del cordón umbilical; el contrato mencionaba una "reserva de tejido biológico a largo plazo" y, lo que era más alarmante, una serie de modificaciones genéticas experimentales que iban más allá de la simple compatibilidad HLA.
Alaric no solo estaba buscando un donante para Julian. Estaba financiando una investigación para crear una línea genética que fuera resistente a la degradación celular que su propio linaje —los Vance— parecía portar como una maldición silenciosa.
—No debería estar aquí, Sra. Thorne.
La voz de la Dra. Sterling resonó a sus espaldas, fría como el bisturí de un cirujano. Isolde cerró la carpeta de golpe, girándose con el corazón martilleando contra sus costillas. —¿Qué es el Protocolo Phoenix, doctora? Y no me dé la versión para relaciones públicas. He leído sobre las modificaciones genéticas. Mi futuro hijo no va a ser un experimento de laboratorio para corregir los errores de la familia Vance.
La Dra. Sterling entró en la habitación y cerró la puerta con llave. Se quitó las gafas y observó a Isolde con una mezcla de lástima y respeto profesional. —El Sr. Vance ha invertido su fortuna no solo para salvar a Julian, sino para asegurar que ningún otro Vance tenga que pasar por esto. La anemia de Julian no es un accidente, Isolde. Es una vulnerabilidad hereditaria que ha permanecido latente durante generaciones y que se ha manifestado con una agresividad inusual en su hijo. Si no corregimos esa secuencia en el embrión que vamos a crear, simplemente estaremos postergando la tragedia para la siguiente generación.
—Él me mintió —susurró Isolde, sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella—. Me dijo que esto era solo por Julian.
—Es por Julian —insistió la doctora—. Pero Alaric Vance es un hombre que piensa en siglos, no en años. Él ve la extinción de su linaje y está usando la ciencia para evitarla. Usted es la clave de esa supervivencia, Isolde. Su material genético es el equilibrio perfecto que él necesita.
Isolde sintió una náusea violenta, esta vez no por las hormonas, sino por la comprensión de que era una pieza en un plan dinástico mucho más vasto y oscuro de lo que jamás imaginó. Alaric no solo la había traído allí para salvar a su hijo; la había traído para rescatar a todo su imperio de las garras de la biología y de la mafia.
Salió de la oficina tambaleándose, buscando aire. En el pasillo se encontró con Marcus, quien la observó con su habitual neutralidad, pero Isolde creyó ver un destello de advertencia en sus ojos. —El Sr. Vance la espera en el comedor, señora —dijo Marcus—. Los resultados de la primera fase de fertilización están listos.
Isolde caminó hacia el comedor, sintiendo que cada paso la alejaba más de la mujer independiente que solía ser y la adentraba más en el mito de los Vance. Al entrar, vio a Alaric sentado a la cabecera de la mesa, con un informe impreso frente a él. Él levantó la vista y, al ver la expresión de ella, supo que el secreto del Protocolo Phoenix ya no era secreto.
—Isolde... —empezó él, poniéndose de pie.
—No digas ni una palabra —lo interrumpió ella, su voz temblando de furia—. Vamos a terminar esto. Vamos a salvar a Julian. Pero en cuanto ese niño nazca y Julian esté a salvo, me llevaré a ambos lejos de ti, de tu fundación y de tus "protocolos". No vas a convertir a mis hijos en tus soldados genéticos.
Alaric guardó silencio, su rostro volviéndose de nuevo esa máscara de piedra que tanto odiaba ella. —Si eso es lo que hace falta para que colabores, que así sea. Pero no olvides quién está pagando por la seguridad que te permite estar hoy aquí gritándome, en lugar de estar enterrando a tu hijo.
La cena transcurrió en un silencio glacial, solo interrumpido por el sonido de los cubiertos contra la porcelana fina. Fuera, la noche de Bedford era profunda y oscura, y en algún lugar de los bosques circundantes, el Círculo de Hierro esperaba su oportunidad, mientras dentro de la mansión, el pacto entre Alaric e Isolde se volvía cada vez más frágil, sostenido únicamente por el hilo de vida de un niño que no sabía que era el centro de una guerra por la eternidad.
Isolde se retiró a su habitación, pero antes de dormir, se asomó a ver a Julian. El niño dormía con el libro de cuentos de Alaric bajo el brazo. Ella supo entonces que la batalla no era solo contra la enfermedad o contra la mafia, sino contra el propio Alaric y la forma en que empezaba a infiltrarse, de nuevo, en cada rincón de sus vidas. El Protocolo Phoenix había comenzado, y con él, el renacimiento de una oscuridad que amenazaba con consumirlos a todos.







