El trayecto desde la suite de Julian hasta la sala de conferencias privada del hospital parecía un recorrido por las entrañas de un laberinto diseñado por el propio Alaric. Isolde caminaba a su lado, manteniendo una distancia prudencial, consciente de que cada roce de sus abrigos, cada cruce de miradas, era una chispa en un polvorín. El hospital, a esa hora de la mañana, bullía con una actividad frenética que contrastaba con el silencio sepulcral que emanaba de Alaric. Él no hablaba; simplement