Capitulo 14

El trayecto desde la suite de Julian hasta la sala de conferencias privada del hospital parecía un recorrido por las entrañas de un laberinto diseñado por el propio Alaric. Isolde caminaba a su lado, manteniendo una distancia prudencial, consciente de que cada roce de sus abrigos, cada cruce de miradas, era una chispa en un polvorín. El hospital, a esa hora de la mañana, bullía con una actividad frenética que contrastaba con el silencio sepulcral que emanaba de Alaric. Él no hablaba; simplemente abría puertas y marcaba el paso, con Marcus siguiéndolos a unos metros como una sombra de granito.

Finalmente, entraron en un despacho revestido de maderas oscuras y luz tenue, un oasis de sobriedad clásica en medio de la frialdad médica. Alaric cerró la puerta y, por un momento, el único sonido fue el zumbido del aire acondicionado y el pulso acelerado de Isolde.

—Me pediste la verdad, Isolde —empezó Alaric. Se acercó a un mueble bar de cristal y se sirvió un vaso de agua con manos que, por primera vez, no parecían de hierro—. Y la verdad es un territorio del que pocos regresan intactos.

Él se detuvo frente a un gran ventanal que daba a la catedral de San Patricio. Sus hombros se tensaron bajo la fina tela de su camisa.

—Todo empezó con mi padre, Arthur Vance. El mundo lo conocía como el epítome de la elegancia y la filantropía, el hombre que construyó bibliotecas y salvó orfanatos. Pero la Fundación Vance tenía un sótano que yo no descubrí hasta que fue demasiado tarde. Mi padre no murió de un infarto, Isolde. Esa fue la mentira que compramos para proteger el precio de las acciones. Lo encontré en su despacho de la biblioteca, sentado en su sillón favorito, con una moneda de hierro acuñada en el siglo XVIII incrustada en su garganta.

Isolde sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Se sentó en una de las sillas de cuero, sintiendo que sus rodillas no podían sostenerla más.

—¿Una moneda de hierro? —susurró ella—. Parece algo sacado de una pesadilla gótica.

—Es la marca de El Círculo de Hierro —continuó Alaric, girándose para mirarla con ojos que parecían haber visto el fin del mundo—. Es una organización que no aparece en Forbes, pero que posee a la mitad de los hombres que sí aparecen. Mi padre fue un hombre brillante, pero un jugador pésimo. Apostó activos que no le pertenecían, usando la Fundación como garantía para inversiones en mercados que no existen legalmente. Cuando murió, la deuda pasó a mí. No era solo dinero, Isolde. Querían el control total de la infraestructura logística de los Vance para mover cosas que harían que el narcotráfico pareciera un juego de niños.

Isolde procesaba la información, tratando de conectar al hombre que amó con este mundo de sombras y monedas en las gargantas.

—¿Y Venecia? —preguntó ella, su voz apenas un hilo—. Estábamos casados. Hacía apenas unas horas que nos habíamos jurado protección eterna. ¿Por qué no me lo dijiste esa noche?

Alaric dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Se acercó a ella, inclinándose hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros. Isolde pudo ver las pequeñas motas doradas en sus iris grises, una belleza que ahora le parecía trágica.

—Porque esa noche, mientras tú dormías con la sonrisa de alguien que cree en el futuro, recibí una fotografía en mi teléfono. No era una amenaza de muerte contra mí. Era una foto de ti, tomada desde el edificio de enfrente a través del cristal de nuestra suite. Tenías un punto láser rojo descansando sobre tu sien, Isolde. Estaba allí, moviéndose sobre tu piel mientras tú soñabas.

Isolde ahogó un grito, llevándose las manos a la cara. La imagen de ella misma, vulnerable en su noche de bodas, siendo el objetivo de un asesino, la golpeó con la fuerza de un impacto físico.

—Me dieron diez minutos —la voz de Alaric se volvió un susurro ronco—. Diez minutos para desaparecer, para atraer su atención fuera de Venecia y empezar a trabajar para ellos como su gestor de activos, o apretarían el gatillo. Si te despertaba, si te lo decía, te convertías en cómplice. Si te llevaba conmigo, estarías en una línea de fuego constante. La única forma de mantenerte viva era que te convirtieras en una víctima civil, alguien a quien ellos no tuvieran interés en perseguir porque ya no tenías vínculo conmigo.

—Me rompiste el corazón para salvarme la vida —dijo Isolde, con las lágrimas nublando su visión—. Es la justificación más arrogante y cruel que he oído jamás. Me dejaste sola, embarazada, creyendo que no era suficiente para ti.

—No sabía que estabas embarazada, Isolde. Juro por la vida de Julian que, si hubiera sabido que llevabas a mi hijo, habría quemado Venecia entera antes de soltar tu mano. Pero en aquel momento, solo eras tú. Y tú eras mi único punto débil. Pasé cinco años en Europa, en las sombras de las finanzas negras, desmantelando su estructura desde dentro. Me casé con Catalina por contrato; su padre fue un traidor al Círculo que me dio la información necesaria para empezar a destruir sus cuentas. Cada vez que me veías en las revistas con ella, era una capa más de protección para ti. Si el mundo creía que te había olvidado, el Círculo perdía interés en ti.

Alaric se arrodilló frente a ella, un gesto de humildad que parecía romper su propia esencia de poder.

—He vuelto porque he destruido lo suficiente de su red como para que ya no puedan operar en la superficie. Pero mi regreso ha activado las alarmas. Saben que Julian existe. Saben que él es mi heredero, mi sucesor. La enfermedad de Julian es una bendición para ellos, porque me obliga a estar en un solo lugar, vulnerable.

Isolde lo miró, sintiendo una mezcla volcánica de alivio, rabia y una compasión que no quería sentir. La verdad no era una cura; era una nueva herida. Él no se había ido por falta de amor, sino por un tipo de amor que era casi una enfermedad en sí misma: un control absoluto sobre el destino de los demás.

—Nos usaste como piezas en tu tablero, Alaric —dijo ella, secándose las lágrimas con rabia—. Incluso ahora, con lo del "hermano salvador", sigues jugando a ser Dios.

—No juego a ser Dios, Isolde. Juego a ganar contra el diablo. Y el diablo está ahora mismo en este hospital, esperando a que Julian dé su último suspiro para que el imperio Vance se desmorone y ellos puedan recoger los pedazos.

Él tomó las manos de Isolde entre las suyas. Sus palmas estaban calientes, un contraste vívido con el frío del despacho.

—Necesito que entiendas que no hay vuelta atrás. Una vez que empecemos el proceso en la clínica, el Círculo sabrá que estamos intentando crear una nueva fuente de compatibilidad. Van a intentar detenernos. No por el niño, sino porque el nacimiento de un segundo hijo asegura la continuidad de la Fundación y bloquea sus intentos legales de absorción.

Isolde sintió el peso de la responsabilidad aplastándola. Ya no era solo una madre luchando por la salud de su hijo; era una jugadora en una guerra dinástica que se remontaba a pecados que ella no cometió.

—¿Por qué me lo cuentas ahora? —preguntó ella—. Podrías haber seguido mintiendo.

—Porque para crear esta nueva vida, necesito que confíes en mí —respondió Alaric, su mirada clavada en la de ella con una intensidad que la hacía temblar—. No podemos engendrar a un salvador sobre una base de mentiras. El tratamiento hormonal, la selección genética... vas a estar físicamente agotada. Necesito que sepas que cada guardia que ves en la puerta, cada medida de seguridad que te parece excesiva, es para evitar que ese punto láser vuelva a aparecer sobre tu piel. O sobre la de Julian.

Isolde retiró sus manos lentamente. Se puso de pie y caminó hacia la puerta, deteniéndose antes de salir.

—La verdad no cambia mi trato, Alaric. Salvaremos a Julian. Tendremos a ese hijo. Pero que me hayas salvado la vida no te da derecho a mi corazón. Me diste cinco años de infierno creyéndome basura. Eso no se borra con una historia de espías y mafiosos.

Alaric se puso de pie, recuperando su estatura, su máscara volviendo a su lugar como si nunca se hubiera movido.

—No espero que me ames, Isolde. Solo espero que sobrevivas.

Salió del despacho, con Marcus abriendo paso inmediatamente. El aire del pasillo se sentía más pesado ahora, cargado con el conocimiento de los peligros que acechaban en las sombras de la Quinta Avenida. Isolde lo siguió, sintiendo que su vida acababa de convertirse en un thriller del que no había salida. Cada persona que se cruzaba con ellos en el hospital era ahora un sospechoso. Cada sombra, una amenaza.

Al llegar a la suite de Julian, Isolde entró primero. Se acercó a la cama y observó al niño. Tan inocente, tan ajeno a que su sola existencia era una declaración de guerra. Alaric se quedó en el umbral, observando la escena con una melancolía que Isolde no pudo ignorar.

—Vete a prepararte para la clínica, Alaric —dijo ella sin mirarlo—. Yo me quedaré con él hasta que Marcus venga a buscarnos.

—Isolde... —él empezó a decir algo, pero se detuvo.

—Vete.

Él asintió y se retiró. Isolde se dejó caer en el sillón al lado de la cama de su hijo, ocultando el rostro entre las manos. La arquitectura de su vida se había derrumbado y, sobre los escombros, Alaric Vance estaba intentando construir una fortaleza. Lo que él no entendía es que una fortaleza sigue siendo una prisión si no hay amor dentro de sus muros.

El reloj de la pared marcaba los segundos, cada uno de ellos acercándola más al momento en que tendría que unir su cuerpo al legado de sombras de los Vance una vez más. El pacto estaba firmado, la verdad estaba dicha, y la guerra, finalmente, había comenzado.

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