Capitulo 15

El hospital presbiteriano, una mole de piedra y cristal que solía ser un faro de esperanza en el Upper East Side, se había transformado, bajo la voluntad de Alaric Vance, en un tablero de ajedrez donde las reglas de la medicina tradicional estaban siendo borradas con la misma eficiencia con la que se borra una deuda en un paraíso fiscal.

Isolde observaba desde el rincón de la suite cómo Alaric operaba. No era una visión agradable, pero sí fascinante. Alaric no pedía; decretaba. Su teléfono satelital parecía una extensión de su brazo, y su voz, aunque nunca subía de tono, tenía la cualidad de un trueno lejano que anunciaba una tormenta inevitable. Estaba de pie frente a la mesa de juntas improvisada, rodeado de pantallas que mostraban gráficos de hematología y cotizaciones bursátiles en tiempo real.

—No me hable de protocolos de la FDA, Dr. Aris —decía Alaric, su mirada fija en el jefe de oncología pediátrica—. Los protocolos están diseñados para la mediocridad y la protección legal. Mi hijo no tiene tiempo para que un burócrata en Washington termine su almuerzo. He transferido cincuenta millones de dólares al fondo de investigación del hospital hace diez minutos. Ese dinero no es una donación; es el pago por la autonomía total de este piso.

El Dr. Aris, un hombre que había ganado premios internacionales por su ética y rigor, parecía encogerse frente a la estatura moral y financiera de Alaric. —Sr. Vance, el fármaco Hemo-Stabilize 9 está en fase tres. Los efectos secundarios en el tejido hepático podrían ser catastróficos si no calibramos la dosis...

—Entonces calíbrenla —interrumpió Alaric, cruzando los brazos sobre su pecho—. Traigan a los científicos de Boston en un vuelo privado. Si el espacio aéreo está cerrado, compren el aeropuerto. Quiero que Julian reciba la primera infusión antes de que el sol alcance el cenit. Si su hígado sufre, compraremos un laboratorio para regenerarlo. Pero si su corazón se detiene porque ustedes tuvieron miedo de una demanda, les juro que no habrá lugar en este planeta donde puedan ejercer ni la veterinaria.

Isolde sintió un escalofrío. Era la misma determinación que la había enamorado en Venecia, pero ahora estaba despojada de toda suavidad. Era la fuerza bruta de un hombre que había aprendido que el mundo solo se dobla ante aquellos que están dispuestos a romperlo.

Mientras Alaric forzaba a la ciencia a arrodillarse, Isolde luchaba contra su propia batalla interna. Sus dedos acariciaban el pequeño parche de hormigón en su abdomen, el lugar donde la Dra. Miller le había administrado la primera inyección preparatoria para el proceso de fertilidad. El líquido quemaba bajo su piel, una sensación punzante que le recordaba que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. Se sentía como un envase, un laboratorio biológico destinado a producir la cura para su propio hijo.

Se acercó a la cama de Julian. El niño dormía, su respiración era un silbido tenue que rompía el corazón de Isolde con cada exhalación. Las máquinas a su alrededor emitían un zumbido eléctrico constante, una sinfonía de tecnología que intentaba compensar la fragilidad de la vida.

—Lo estamos logrando, pequeño —susurró ella, besando su frente—. Tu padre... tu padre está moviendo el mundo por ti.

La mención de "padre" le dejó un sabor amargo. Alaric se giró en ese momento, como si hubiera escuchado el pensamiento. Sus ojos se encontraron, y por un segundo, la máscara del magnate cayó, revelando al hombre que había confesado haber huido para salvarla.

—Isolde —dijo él, acercándose mientras el Dr. Aris salía apresuradamente para cumplir las órdenes—. Los especialistas de Boston acaban de aterrizar en Teterboro. Marcus los escoltará con un equipo de asalto. Estarán aquí en veinte minutos.

—¿Equipo de asalto, Alaric? —Isolde se puso de pie, cruzando los brazos—. Esto es un hospital, no una zona de guerra.

—Para el Círculo de Hierro, no hay diferencia —respondió él, su voz volviéndose sombría—. Han intentado interceptar el envío del estabilizador en la aduana. Tuve que usar mis contactos en el Departamento de Estado para declarar el cargamento como "asunto de seguridad nacional". El Círculo sabe que si Julian se estabiliza, pierden su mayor palanca contra mí.

Alaric se detuvo frente a ella. La luz fluorescente del hospital resaltaba las líneas de cansancio en su rostro, pero también la chispa de una adrenalina peligrosa. —¿Cómo te sientes? La primera dosis de hormonas suele causar mareos.

—Me siento como una extraña en mi propia piel —respondió ella con sinceridad—. Siento que todo este proceso es una violación a la naturaleza, Alaric. Pero mirarlo a él... —señaló a Julian— hace que cualquier escrúpulo sea un lujo que no puedo permitirme.

—Eres la mujer más valiente que he conocido, Isolde —Alaric extendió una mano, como si quisiera acariciar su mejilla, pero se detuvo a medio camino, recordando el muro que ella había levantado—. Mucho más de lo que yo seré jamás. Yo solo sé destruir obstáculos. Tú... tú estás construyendo un puente sobre un abismo.

El intercomunicador de la puerta sonó. Era Marcus. —Señor, el equipo de Boston está en el ascensor. Tenemos un problema en el lobby. La prensa ha llegado. Alguien filtró que usted está aquí.

Alaric maldijo entre dientes. —El Círculo. Quieren ojos sobre nosotros. Quieren que cada movimiento sea público para que no podamos usar métodos... poco convencionales. Isolde, quédate aquí. No te acerques a las ventanas. Marcus, activa el protocolo de distracción. Que salgan tres coches negros por la salida trasera.

Alaric salió de la suite con una energía renovada, dejando a Isolde en la penumbra. Ella se acercó al ventanal y, con cuidado, apartó la cortina. Abajo, en la calle, podía ver los flashes de las cámaras y la agitación de los reporteros. Nueva York se estaba enterando de que el hijo pródigo de los Vance había regresado, y con él, el escándalo.

Media hora después, la suite se llenó de un equipo de científicos con trajes de protección. Traían consigo un maletín de acero refrigerado que contenía el Hemo-Stabilize 9. Isolde observó con el corazón en un puño cómo preparaban la vía intravenosa de Julian.

—Iniciando infusión —dijo uno de los científicos.

Alaric regresó, situándose al lado de Isolde. Sus hombros se rozaron, y esta vez ninguno de los dos se apartó. El momento era demasiado grande para el orgullo. Vieron cómo el líquido incoloro empezaba a entrar en el cuerpo de su hijo. Era la apuesta final.

—Si esto funciona —susurró Isolde—, habrás ganado el tiempo que necesitamos para la clínica.

—Funcionará —sentenció Alaric, aunque sus ojos buscaban desesperadamente una confirmación en los monitores—. He invertido billones en esta tecnología durante los últimos dos años, pensando siempre que algún día podría necesitarla. Nunca imaginé que sería para mi propio hijo.

El silencio volvió a la habitación, un silencio cargado de una tensión casi eléctrica. Durante las siguientes cuatro horas, nadie se movió. Los científicos monitoreaban cada latido, cada cambio en los niveles de oxígeno. Alaric no soltó el teléfono, coordinando con sus contactos legales para silenciar a la prensa y con sus contactos de seguridad para blindar el edificio.

Alrededor de las tres de la tarde, el monitor de Julian emitió un tono diferente. No era una alarma de peligro, sino el anuncio de una estabilización.

—La saturación de oxígeno está subiendo —anunció el Dr. Aris, que había regresado para supervisar el proceso—. El recuento de glóbulos rojos muestra los primeros signos de resistencia. Sr. Vance... el tratamiento está siendo aceptado.

Isolde soltó un sollozo contenido y se tapó la boca con las manos. Alaric cerró los ojos y exhaló un aire que parecía haber estado retenido durante años. Por un momento, la habitación se llenó de una luz de esperanza real.

Pero la tregua fue corta. El teléfono de Alaric vibró. Lo miró y su expresión se volvió de piedra.

—Dime, Marcus —respondió.

—Señor, no era solo la prensa. El Círculo ha usado el caos del lobby para infiltrar a alguien en el sistema de ventilación. Hemos detectado un dispositivo anómalo en la planta mecánica. Creen que van a intentar un sabotaje químico para forzar la evacuación del piso siete.

Alaric miró a Isolde, luego a Julian, cuya vida ahora dependía de que las máquinas no se detuvieran. —No vamos a evacuar —dijo Alaric con una voz que helaba la sangre—. Aísla el sistema de ventilación de la suite. Usa los tanques de oxígeno de reserva. Y Marcus... encuentra a quien puso ese dispositivo. No quiero que llegue a la policía. Quiero que me lo traigas a la sala de juntas del sótano.

Colgó el teléfono y se giró hacia Isolde. —La guerra acaba de subir de nivel, Isolde. Julian está estable por ahora, pero esto solo ha sido el primer asalto. Debemos movernos a la clínica de fertilidad esta noche. No podemos quedarnos aquí como patos sentados.

Isolde asintió, sintiendo que la adrenalina reemplazaba al agotamiento. —Estoy lista, Alaric. Haz lo que tengas que hacer. Pero sácanos de aquí.

Alaric la tomó de la mano, y esta vez, sus dedos se entrelazaron con una fuerza que prometía protección absoluta. —Confía en mí, Isolde. Voy a quemar el mundo si es necesario para que este niño vea el amanecer de mañana.

Salieron de la suite bajo la guardia de Marcus, mientras el hospital empezaba a bullir con el pánico silencioso de un sabotaje inminente. La mecánica del mandato de Alaric estaba en pleno funcionamiento, y el destino de su familia pendía de un hilo de seda y acero.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP