El hospital presbiteriano, una mole de piedra y cristal que solía ser un faro de esperanza en el Upper East Side, se había transformado, bajo la voluntad de Alaric Vance, en un tablero de ajedrez donde las reglas de la medicina tradicional estaban siendo borradas con la misma eficiencia con la que se borra una deuda en un paraíso fiscal.
Isolde observaba desde el rincón de la suite cómo Alaric operaba. No era una visión agradable, pero sí fascinante. Alaric no pedía; decretaba. Su teléfono sate