El amanecer sobre Manhattan no fue la explosión de luz que las películas suelen retratar; fue una filtración lenta de un gris plomizo, una luz sucia que parecía emerger de los propios edificios de concreto antes que del sol. En la suite de la séptima planta, el aire se sentía estancado, cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma dulce-amargo de los desinfectantes hospitalarios. Isolde permanecía sentada frente al ventanal, observando cómo las luces de los taxis en la avenida empezaban