Capitulo 13

El amanecer sobre Manhattan no fue la explosión de luz que las películas suelen retratar; fue una filtración lenta de un gris plomizo, una luz sucia que parecía emerger de los propios edificios de concreto antes que del sol. En la suite de la séptima planta, el aire se sentía estancado, cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma dulce-amargo de los desinfectantes hospitalarios. Isolde permanecía sentada frente al ventanal, observando cómo las luces de los taxis en la avenida empezaban a perder intensidad contra la claridad del alba.

Tenía el sobre de Alaric sobre el regazo. El papel se sentía pesado, como si las firmas de los notarios y los sellos oficiales tuvieran un peso físico real. Había pasado las últimas tres horas repasando cada palabra, cada cláusula de esa renuncia de custodia. Como abogada, sabía que el documento era inexpugnable; Alaric le estaba entregando su cuello en una bandeja de plata legal. Sin embargo, como mujer, como la persona que había sido abandonada en una suite veneciana con nada más que una promesa rota en el vientre, no podía evitar buscar la trampa.

¿Por qué ahora? ¿Por qué esta generosidad repentina?

Escuchó el siseo de la puerta neumática al abrirse. No tuvo que girarse para saber quién era. La presencia de Alaric Vance era algo que se sentía en la piel antes que en el oído. Era un desplazamiento del aire, una vibración en la frecuencia de la habitación. Escuchó sus pasos: firmes, lentos, el sonido del cuero italiano sobre el linóleo de alta gama. Se detuvo a unos pasos de ella, lo suficientemente cerca como para que Isolde pudiera oler el sándalo de su colonia, mezclado ahora con el olor rancio del tabaco y el café frío.

—La ciudad se ve diferente desde aquí, ¿verdad? —dijo Alaric. Su voz era una lija suave, desgastada por la falta de sueño—. Menos como un imperio y más como una colmena.

Isolde no se movió. Siguió mirando el Chrysler Building a lo lejos. —Desde aquí, la ciudad parece un lugar donde la gente intenta sobrevivir. Algo que tú no entenderías, Alaric. Tú no sobrevives; tú conquistas. O destruyes.

Alaric caminó hasta situarse al lado de ella, apoyando una mano en el marco del ventanal. Isolde notó que sus dedos temblaban imperceptiblemente. Un detalle que en cualquier otro hombre pasaría desapercibido, pero en Alaric era un grito.

—He pasado la noche en la sala de juntas de abajo —dijo él, ignorando su púa—. Los especialistas de Boston dicen que el tiempo es nuestro mayor enemigo. La anemia de Julian no está esperando a que nosotros resolvamos nuestro pasado. Ella avanza, consumiendo sus glóbulos, apagando su energía.

Isolde finalmente levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, enmarcados por ojeras que ni siquiera su orgullo podía ocultar. —He leído tus documentos, Alaric. Me das la custodia total, la gestión de la fundación para sus gastos médicos, la renuncia a cualquier reclamo futuro. Es... es un contrato de rendición.

—Lo es —asintió él, fijando sus ojos grises en los de ella—. Es mi forma de decirte que no he vuelto para quitarte lo único que te queda. He vuelto para salvarlo. Y si el precio de su vida es que yo sea un extraño ante la ley para siempre, es un precio que pagaré con gusto.

Isolde dejó el sobre sobre la mesa auxiliar y se puso de pie. Se sentía pequeña frente a él, pero mantuvo la espalda recta. La luz del alba revelaba las arrugas en la camisa de Alaric, el cansancio en su mandíbula. Por un momento, no vio al magnate implacable, sino al hombre que, cinco años atrás, la hacía reír con susurros al oído. Sacudió la cabeza para alejar el pensamiento.

—Hablemos de negocios, entonces —dijo ella, su voz recuperando la frialdad del tribunal—. El "hermano salvador". La Dra. Miller dice que la probabilidad de éxito es alta si hacemos una selección genética estricta. Pero el proceso es invasivo, Alaric. No es solo una cita en una clínica. Son meses de tratamiento, de hormonas, de procedimientos. Y Julian... Julian tendrá que resistir todo ese tiempo.

—Lo sé —respondió él, su tono volviéndose sombrío—. Por eso he movido los hilos para que la clínica de la Dra. Sterling se despeje solo para nosotros. No habrá listas de espera. No habrá burocracia. Empezamos hoy mismo.

Isolde caminó hacia la cama de Julian, observando el pecho del niño subir y bajar con un esfuerzo que le partía el alma. —Tengo condiciones, Alaric. Y estas no están en tu contrato.

—Dime.

—Si acepto esto, si acepto crear una vida contigo para salvar a nuestro hijo, esto no cambia nada entre nosotros. No habrá cenas familiares. No habrá intentos de "reparar" lo que rompiste. Seremos dos donantes, dos socios en una empresa de vida. Y en cuanto Julian reciba el trasplante y los médicos confirmen que el injerto es estable... te irás. Firmarás el divorcio que traigas de Catalina, te llevarás tus millones y tu seguridad, y no volverás a poner un pie en la vida de Julian. Él nunca sabrá que eres su padre.

Alaric guardó silencio. El ruido del monitor cardiaco llenaba el espacio, marcando los segundos de una negociación que definía el futuro de tres vidas. Isolde esperaba una protesta, un estallido de furia, una demanda de sus derechos de sangre. Pero lo que obtuvo fue un asentimiento lento y pesado.

—Acepto —dijo Alaric—. Tienes mi palabra de honor, Isolde. Mi presencia aquí tiene fecha de caducidad. Mi único objetivo es que ese niño se levante de esa cama y corra por Central Park como si nunca hubiera conocido el dolor. Si para eso tengo que ser un fantasma el resto de mi vida, que así sea.

Isolde sintió un nudo en la garganta. Debería haberse sentido victoriosa, aliviada. Sin embargo, la facilidad con la que él aceptaba ser borrado de la existencia de su hijo la inquietaba. ¿Tanto la odiaba? ¿O era que el secreto que guardaba era tan oscuro que incluso el destierro le parecía un refugio?

—Necesitamos formalizarlo —continuó ella, tratando de mantener la voz firme—. Un acuerdo de confidencialidad y un protocolo de visitas estrictamente médicas. Mi bufete redactará los términos.

—No hay necesidad de más papel, Isolde —Alaric se acercó, rompiendo la barrera de seguridad que ella había intentado mantener—. Mírame.

Ella lo hizo. En sus ojos grises vio una tormenta de arrepentimiento, una marea de palabras no dichas y una determinación que la asustó.

—Tú y yo sabemos que ningún papel nos va a salvar de lo que estamos a punto de hacer —susurró él—. Crear una vida no es un trámite legal. Vamos a estar vinculados por la sangre de un nuevo ser, además de la de Julian. Puedes intentar borrar mi nombre de los documentos, pero no podrás borrar mi rostro de la memoria de Julian, ni la forma en que tus manos tiemblan cuando estoy cerca.

—Mis manos tiemblan de rabia, Alaric —le escupió ella, aunque ambos sabían que era una mentira parcial.

—Que sea rabia, entonces. Úsala para mantenerte en pie —él extendió la mano hacia la mesa y tomó una pluma estilográfica que reposaba allí. Sin dudarlo, firmó el anexo que Isolde había traído, el que estipulaba su salida definitiva del país tras el tratamiento—. Ahí lo tienes. Mi sentencia de exilio firmada por mi propia mano.

Isolde tomó el papel, sintiendo el calor de la tinta fresca. El pacto del alba estaba sellado. Un contrato de vida nacido de las cenizas de un matrimonio que nunca tuvo oportunidad de arder por completo.

—Marcus está abajo con el coche —dijo Alaric, recuperando su tono de mando—. La Dra. Sterling nos espera a las diez. Tenemos cuatro horas para que desayunes algo, te duches y te prepares mentalmente. El tratamiento hormonal es duro, Isolde. No quiero que te desmorones en la clínica.

—No me voy a desmoronar —respondió ella, guardando los papeles en su maletín—. He criado a un niño sola mientras construía una carrera desde cero. Un par de inyecciones no van a acabar conmigo.

Alaric la observó con una mezcla de orgullo y tristeza. —Lo sé. Ese es el problema. Eres tan fuerte que has olvidado cómo pedir ayuda. Pero en este proceso, no podrás hacerlo sola. Me guste a mí o no, y te guste a ti o no, vamos a tener que sostenernos el uno al otro cuando las cosas se pongan feas. Y créeme, se van a poner muy feas.

Él salió de la habitación, dejando a Isolde sola con su hijo. Ella se acercó a Julian y le acarició la frente, que ahora se sentía un poco menos caliente gracias a la medicación que Alaric había forzado.

—Todo va a salir bien, Julian —murmuró ella—. Mamá va a darte un milagro. Aunque ese milagro tenga el rostro del hombre que más temo.

El silencio volvió a reinar, pero ahora estaba lleno de la actividad frenética del hospital que despertaba. Enfermeras entrando, el sonido de las bandejas de comida, las voces en el pasillo. Pero para Isolde, el único sonido que importaba era el latido de Julian, coordinado ahora con el inicio de un plan desesperado que la obligaría a enfrentar no solo a Alaric, sino a sus propios sentimientos enterrados bajo cinco años de hielo.

Caminó hacia el espejo del baño y se observó. La mujer que veía no era la abogada implacable de la oficina, ni la madre derrotada de la noche anterior. Era una mujer en guerra. Y en la guerra, los aliados más peligrosos suelen ser los que mejor conocen tus debilidades.

Alaric Vance había vuelto, y con él, el caos. Pero mientras Julian tuviera una oportunidad, Isolde estaba dispuesta a arder en el mismo infierno que él le ofrecía.

Se recogió el cabello en una coleta tirante, se lavó la cara con agua helada y salió de la suite. Marcus la esperaba junto al ascensor, como un guardián de piedra.

—¿Sra. Thorne? —preguntó el hombre.

—Vamos, Marcus. Tenemos una vida que crear.

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