El Peso de la Sangre

Capítulo 5: El Peso de la Sangre

Elena había pasado las últimas veinticuatro horas bajo llave, pero Alexander no había logrado doblegarla. Había usado el encierro para observar el bosque desde la ventana y leer los pocos libros de la suite, manteniendo su mente fría para no pensar en el miedo. Cada vez que sentía el impulso de gritar, miraba la foto de su hermana y recordaba por qué estaba allí. Para cuando la escoltaron al gran salón, su temple era el de una mujer que ya no tiene nada que perder.

La Gala de la Luna Roja era una exhibición de lujo asfixiante. Cientos de hombres y mujeres de la élite empresarial se movían con una elegancia que ocultaba algo salvaje. Aunque el evento reunía de manera cordial a lobos de distintas manadas bajo un código de etiqueta estricto, el ambiente era una olla a presión. En ese mundo, la cortesía era solo una máscara; cualquier grieta en el poder o muestra de debilidad podía desatar enfrentamientos feroces y transformaciones salvajes en medio de los cristales de Bohemia.

Alexander la recibió al pie de la escalera. Su mano se cerró sobre el brazo de Elena con una posesión que la hizo tensarse.

—Mantente cerca —le ordenó él al oído—. Hoy eres mi escudo, quieras o no.

Mientras avanzaban, Morgath, un hombre de mirada turbia, les cortó el paso. Miró a Elena con una curiosidad que la hizo sentir como un insecto bajo un microscopio.

—Interesante pieza, Alexander —dijo Morgath, bajando la vista hacia el bolsillo de la chica—. ¿Ya has comprobado si el anillo ha reaccionado?

Elena se quedó gélida y sacó el objeto de su bolsillo. Alexander no pareció sorprendido. En ese momento, Elena comprendió que él lo había puesto ahí a propósito después de aquel encuentro en el ático. Había sido un experimento para confirmar sus sospechas.

—El anillo de los Antiguos —continuó Morgath—. Dicen que solo se calienta ante una estirpe que los lobos juraron exterminar. ¿Es ella una de ellos, Alexander?

Alexander no respondió. De repente, su rostro palideció y una vibración antinatural recorrió sus hombros. La "enfermedad" lo golpeó sin aviso. A diferencia de una transformación habitual, donde el lobo emerge con fuerza, esta condición era un colapso; su parte animal luchaba por salir de forma errática, drenando su energía y dejándolo al borde de la muerte. Era un fallo biológico que lo dejaba debilitado y expuesto ante sus enemigos. Sus rodillas flaquearon.

Los Alfas de los clanes rivales se detuvieron, sus miradas se afilaron. En un escenario donde el poder lo es todo, ver al Alfa de Fenris Corp tambalearse era una invitación al desastre.

—¿Te encuentras mal, Varick? —preguntó un hombre corpulento, dando un paso al frente con una sonrisa depredadora, mientras sus caninos comenzaban a asomar.

Elena sintió el peso de Alexander sobre ella. Podría haberlo dejado caer, permitiendo que la jauría terminara con su torturador. Pero miró su rostro, el sudor en su frente y la vulnerabilidad en sus ojos dorados, y algo en ella se quebró.

Elena pasó el brazo de Alexander sobre sus hombros, sosteniéndolo con una firmeza asombrosa.

—El señor Varick solo está cansado de escuchar la misma retórica aburrida de siempre —dijo Elena con una voz firme que cortó la tensión del salón.

Ella tomó la mano de Alexander y entrelazó sus dedos. Al contacto con la piel de ella, Alexander soltó un suspiro entrecortado. Como si la sangre de Elena inyectara orden en su caos genético, el temblor cesó de inmediato. El calor de ella estabilizó la bestia que amenazaba con matarlo desde dentro.

Alexander se enderezó poco a poco, recuperando su postura imponente, pero no soltó la mano de Elena. La miró por un segundo, y por primera vez, no hubo rastro de altivez, sino una duda profunda y un destello de algo parecido al hambre... pero no de sangre.

—Vámonos —ordenó Alexander, recuperando su voz de mando ante la mirada incrédula de los invitados que ya esperaban un baño de sangre.

Caminaron hacia la salida en un silencio sepulcral. Una vez en la privacidad del coche negro, Alexander seguía sosteniendo su mano, apretándola con una intensidad que ya no buscaba dominar, sino buscar refugio.

—Me pusiste el anillo para probarme —dijo Elena, rompiendo el silencio con la voz cargada de odio—. Me usaste como un laboratorio.

Alexander la miró, recuperando su máscara de CEO autoritario, aunque sus ojos seguían fijos en ella.

—Necesitaba saber qué eres, Elena. Porque lo que hiciste ahí atrás... ningún humano podría haberlo soportado.

—Lo hice por mi hermana —mintió ella, aunque su corazón latía con fuerza.

Alexander se inclinado hacia ella, atrapándola contra el asiento. Su aliento rozó sus labios en una cercanía peligrosa.

—Dite eso si quieres —susurró él, su mano subiendo por el cuello de ella de manera posesiva—. Pero me has salvado frente a mi manada. Y ahora, no importa cuánto me odies, estamos encadenados. No solo por un contrato, sino por lo que tu sangre le hace a mi cuerpo.

Elena no bajó la mirada. Estaba furiosa, pero por primera vez, sintió que en esa guerra de poder, ella acababa de ganar una posición que Alexander no podía ignorar.

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