Permisos y Realidades

Capítulo 3: Permisos y Realidades

El silencio en el despacho de Alexander se volvió asfixiante tras la salida de Sienna. Elena sentía que las paredes de cristal se cerraban sobre ella. Necesitaba un momento para procesar que los monstruos no solo existían, sino que ahora uno de ellos era su jefe y, legalmente, su dueño.

—Necesito ir al baño —soltó ella de repente, rompiendo la tensión.

Se dio la vuelta hacia la puerta, pero la voz de Alexander, fría y autoritaria, la detuvo en seco.

—Elena.

Ella se giró, irritada. Él no se había movido, pero su presencia llenaba toda la habitación como una sombra pesada.

—¿Qué? ¿También va a decirme cómo lavarme las manos?

—A partir de este momento —dijo él, entrelazando sus dedos sobre la mesa de obsidiana—, no das un paso sin mi conocimiento. Si quieres salir de esta habitación, pides permiso. Si quieres comer, pides permiso. Si quieres respirar este aire, es porque yo lo permito. Eres mi responsabilidad y mi propiedad bajo contrato. No hay un destino que nos una, Elena. Hay un papel con tu firma y mi voluntad. Eso es todo.

Elena sintió que la sangre le hervía. Su instinto rebelde rugió.

—No soy un animal, Alexander. No voy a pedir permiso para una necesidad básica.

Alexander se levantó con una lentitud que prometía peligro. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Elena pudo sentir el calor antinatural que emanaba de su piel.

—Eres una humana que sabe demasiado en un mundo que se alimenta de gente como tú —susurró él, fijando sus ojos dorados en los de ella—. Mi control no es un capricho romántico, es pura supervivencia. Ahora, pídelo.

Elena apretó los dientes. Estaba a punto de mandarlo al infierno, pero la imagen de su hermana en la cama del hospital cruzó su mente. Tragó saliva, sintiendo el sabor amargo de la humillación.

—¿Puedo... ir al baño, señor Varick? —escupió las palabras.

Alexander la estudió un segundo y luego se apartó, satisfecho.

—Cinco minutos. No me hagas ir a buscarte.

Elena salió disparada. Una vez dentro del lujoso baño de mármol, se apoyó contra el lavabo y abrió el grifo. Se miró al espejo, pálida. No había "lazos mágicos" aquí, solo un hombre —o lo que fuera— extremadamente poderoso que la había acorralado. Sacó su teléfono desgastado y marcó el número de la clínica.

—¿Lucía? ¿Hermana? —preguntó en cuanto escuchó que descolgaban.

—¿Elena? Soy el Dr. Aris.

El corazón de Elena dio un vuelco.

—¿Doctor? ¿Qué pasa? ¿Dónde está ella?

—Elena, hubo una complicación hace una hora. Sus niveles de oxígeno bajaron drásticamente. Está estable por ahora, pero sus pulmones están fallando. Si no empezamos el tratamiento de regeneración celular esta misma tarde... —el doctor suspiró—. Me temo que no pasará de la noche. El depósito inicial son cincuenta mil dólares.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero se las tragó con furia. La debilidad no era una opción.

—El depósito está en camino. El Sr. Varick se encarga de todo. Por favor, no la deje morir.

—Si el pago entra, la trasladamos de inmediato. Tienes mi palabra.

Elena colgó y se lavó la cara con agua helada. Se miró al espejo una última vez. Su mirada ya no era la de la chica asustada de la noche anterior. Si tenía que someterse al autoritarismo de un monstruo para que su hermana viviera, lo haría. Pero Alexander Varick iba a descubrir que comprar a una persona no es lo mismo que dominarla.

Regresó al despacho. Alexander estaba de pie frente al ventanal, observando la ciudad.

—Tardaste seis minutos —dijo él sin girarse.

—Dígale a su contable que transfiera el dinero ahora mismo —dijo Elena, colocándose a su lado con una frialdad que pareció sorprenderlo—. He firmado. Haré lo que quiera. Pediré permiso hasta para parpadear si eso alimenta su ego. Pero si mi hermana no recibe ese tratamiento hoy, juro que encontraré la forma de destruir este imperio, sin importar cuántos colmillos tenga usted.

Alexander se giró hacia ella. Vio la determinación en su rostro, la mezcla de dolor y furia que la hacía brillar. Por un segundo, la intensidad de su mirada fue tal que Elena creyó que la mordería.

—Ya se ha hecho, Elena. El avión médico sale en dos horas.

Él extendió la mano y apretó el mentón de ella, obligándola a sostenerle la vista.

—Bien —dijo ella, con voz gélida—. Ahora, dígame qué sigue en esta farsa.

—Sigue la Gala de la Luna Roja. Te presentaré como mi nueva adquisición personal. No eres mi pareja por destino, Elena, pero ante los demás, serás la mujer que está bajo mi marca. Y si alguien intenta tocarte, recordarán por qué soy el Alfa de esta ciudad.

Elena se soltó de su agarre con un movimiento brusco.

—No soy una marca, Alexander. Soy su peor pesadilla legal si algo sale mal. Vamos a esa gala.

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