El Precio de la Salvación

Capítulo 6: El Precio de la Salvación

El trayecto de regreso a la mansión fue un campo de batalla silencioso. Al llegar frente a la suite de Elena, Alexander no se retiró de inmediato. La acompañó hasta el umbral, deteniéndose tan cerca que ella podía sentir el calor irradiando de su cuerpo, ese calor que solo ella parecía capaz de apaciguar con su sola presencia.

Elena se giró para entrar, pero la mano de Alexander se apoyó en el marco de la puerta, bloqueándole el paso. El pasillo estaba en penumbra, y en la oscuridad, sus ojos grises retenían un remanente del brillo dorado de la gala, una chispa de la bestia que aún luchaba por calmarse.

—Anoche te dije que eras mi propiedad —murmuró él, inclinándose hasta que su aliento rozó la mejilla de Elena—. Pero hoy, frente a todos, actuaste como si fueras mi dueña.

Elena sintió un escalofrío que no nació del miedo, sino de una electricidad desconocida. El magnetismo de Alexander era una gravedad que la empujaba hacia él a pesar de su resistencia. Ella levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con firmeza.

—Solo estabilicé su caos, señor Varick. No confunda mi necesidad de sobrevivir con la sumisión.

Alexander bajó la mirada hacia los labios de Elena. Por un segundo, la tensión erótica fue tan densa que el aire pareció desaparecer. Su mano bajó por el marco de la puerta hasta rozar, casi por accidente, el hombro descubierto de ella. Elena contuvo el aliento, sintiendo cómo el pulso de él se aceleraba bajo su piel. Estaban a un milímetro de romper una barrera que no tenía retorno.

—Mañana hablaremos de las nuevas reglas —dijo él con la voz rota, rompiendo el hechizo de golpe. Se apartó y desapareció en las sombras del pasillo, dejándola con el corazón martilleando contra sus costillas.

A la mañana siguiente, el desayuno no fue una orden, sino una negociación. Elena bajó al comedor principal, encontrando a Alexander revisando informes en su tableta. Ella no esperó a que él hablara.

—No voy a quedarme encerrada otra vez —soltó Elena, sentándose frente a él—. Si mi presencia es lo único que evita que su lobo lo mate en público, entonces tengo el valor suficiente para pedir condiciones. Quiero libertad de movimiento en la mansión, acceso a la biblioteca y poder salir al jardín sin escoltas armados.

Alexander dejó la tableta y la miró. Su deseo de control luchaba visiblemente contra la lógica de la situación. Sus facciones estaban endurecidas, recuperando su máscara de mando.

—El jardín es peligroso para ti, Elena.

—Más peligroso es vivir en una jaula. Usted me necesita estable tanto como yo necesito su dinero. Si no puedo moverme, mi voluntad se quebrará, y dudo que mi sangre le sirva de mucho entonces.

Alexander apretó la mandíbula. Su autoritarismo se vio confrontado por la determinación en los ojos de ella. Finalmente, asintió con una rigidez casi dolorosa.

—Dentro de los muros de la propiedad, tendrás libertad. Pero si cruzas la reja principal sin mí, las consecuencias serán tuyas.

Justo en ese momento, el jefe de seguridad de Alexander, Marcus, entró con el rostro pálido. Dejó un dispositivo sobre la mesa y Alexander activó el audio. La voz de Morgath resonó, gélida y triunfante:

"...la chica no es solo una curiosidad. El anillo ha confirmado que es la llave. Si capturamos a la humana y drenamos su sangre bajo la luna llena, el linaje de los Argos nos dará el poder para someter a todas las manadas. Busquen el punto débil. Ella saldrá de la mansión tarde o temprano".

Elena sintió que el mundo se detenía. Alexander se puso de pie, y esta vez, la mesa de roble crujió bajo la presión de sus manos. Su mirada se clavó en Elena, pero ya no era una mirada de mando frío, sino una cargada de una preocupación feroz que ella nunca antes había visto.

—Morgath sabe algo que usted no me está diciendo —replicó Elena, poniéndose de pie también—. ¿Qué es eso de "drenar mi sangre"? ¿Qué soy yo para ustedes?

Alexander no respondió de inmediato. Caminó hacia ella y, por primera vez, acunó su rostro con una suavidad que la dejó desarmada. Sus ojos grises estaban llenos de una tormenta de arrepentimiento.

—Morgath no está buscando tu sangre por casualidad, Elena. Acabamos de recibir un reporte de la clínica en Suiza. Tu hermana no está teniendo una recaída común; alguien le hizo algo a ella pensando que era su sangre la clave... Pero se equivocaron, la clave eres tú.

Elena retrocedió, tambaleándose ante la noticia. Alexander no la soltó; la sostuvo de los brazos, obligándola a mirarlo. En su rostro ya no quedaba rastro del CEO despiadado, solo el hombre que finalmente admitía que su mundo dependía de la mujer que tenía enfrente.

—Elena, escúchame bien —dijo él, su voz bajando a un susurro lleno de una sinceridad que le heló la sangre—. Ya no se trata del contrato. Se trata de que no podré vivir si te sucede algo. Te pido que dejes de luchar contra mí solo por hoy. Por favor... permíteme cuidarte. Cuidarte de verdad.

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