Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 4: Territorio Marcado
La mudanza a la residencia Varick no fue una transición; fue una extracción. En menos de tres horas, las pocas pertenencias de Elena habían sido trasladadas desde su departamento húmedo a una suite que superaba en metros cuadrados a toda su vivienda anterior.
Elena observaba las maletas sobre la cama de seda, sintiéndose como una intrusa en un museo. La habitación era minimalista, fría y con ventanales que daban a un bosque privado que parecía vigilarla.
Un golpe seco en la puerta la hizo saltar. No esperó a que ella contestara; Alexander entró con la confianza de quien no reconoce fronteras.
—¿Te has instalado? —preguntó él, recorriendo la estancia con la mirada.
—He dejado mis cosas en un rincón. No planeo deshacer las maletas más de lo necesario —respondió Elena, sentada al borde de la cama, manteniendo la distancia.
Alexander se acercó al armario empotrado y lo abrió. Dentro, una hilera de vestidos de diseñador, abrigos de piel y zapatos que costaban más que su educación universitaria colgaban impecables.
—Tira lo que trajiste —dijo él sin mirarla—. No quiero ese olor a detergente barato en mi casa. A partir de ahora, vestirás lo que yo he seleccionado.
Elena se puso de pie, con los puños apretados.
—No voy a tirar mi ropa. Es lo único que me queda que no ha sido comprado con su dinero ensangrentado.
Alexander se giró con una rapidez que cortó el aire. En un segundo, estaba frente a ella, reduciendo el espacio hasta que Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Entiende tu posición, Elena. No estás aquí como una invitada. Estás aquí porque eres un cabo suelto que he decidido amarrar. Cada hilo que llevas puesto debe decir que me perteneces. No por destino, no por amor, sino por jerarquía.
—Usted está obsesionado con la jerarquía —escupió ella—. Pero aquí afuera, en el mundo real, eso se llama complejo de superioridad.
Alexander soltó una risa ronca, una vibración que Elena sintió en su propio pecho debido a la cercanía.
—En mi mundo, la jerarquía es lo que evita que los jóvenes Alfas te despedacen para probar mi fuerza. Si te ven con tu ropa de humana pobre, olerán tu vulnerabilidad. Pero si te ven envuelta en mi seda y mis diamantes, olerán mi advertencia.
Él alargó la mano y, con una delicadeza que resultó más aterradora que su furia, acarició el cuello de Elena, justo por encima del collar que le había impuesto. Sus dedos estaban inusualmente calientes.
—Dígame la verdad —susurró Elena, obligándose a no temblar ante el contacto—. Si no somos "mates", si no hay una conexión mágica... ¿por qué yo? ¿Por qué gastar millones en mi hermana y aguantar mis insultos? Podría haberme matado y borrado las pruebas en un segundo.
Alexander guardó silencio. Sus ojos se oscurecieron, pasando del gris acero a un ámbar profundo mientras estudiaba las facciones de Elena.
—Porque eres la única persona que no ha bajado la mirada ante mí en diez años —confesó él, su voz bajando a un susurro peligroso—. Y porque hay algo en tu sangre, algo que mis sentidos no logran descifrar del todo. Me intrigas, Elena. Y lo que me intriga, lo guardo bajo llave hasta que entiendo cómo romperlo.
Él se alejó, rompiendo el hechizo.
—Mañana es la gala. Una estilista vendrá a las seis de la mañana. No salgas de esta habitación esta noche. Hay cámaras en los pasillos y sensores de movimiento en el bosque. Si intentas huir, los sistemas de seguridad no serán tan "pacientes" como yo.
—¿Me está encerrando? —preguntó ella, con una calma forzada.
—Te estoy preservando —corrigió él desde el umbral—. Pide permiso si necesitas algo de la cocina. El servicio tiene órdenes de no atenderte si no lo haces.
La puerta se cerró con un clic electrónico. Elena corrió hacia ella y tiró del pomo. Bloqueada.
Se acercó a la ventana y miró hacia el bosque. Por un momento, creyó ver sombras moviéndose entre los árboles, ojos amarillos que parpadeaban en la oscuridad. No era solo Alexander; era toda una especie oculta bajo el velo del lujo corporativo.
Elena regresó a su maleta desgastada y sacó una pequeña foto de su hermana.
—Solo un poco más, Lucía —susurró—. Solo tengo que sobrevivir a este monstruo un poco más.
Lo que Elena no sabía era que, en el despacho de abajo, Alexander observaba las cámaras de seguridad. No miraba la seguridad del perímetro, sino la pantalla que mostraba a Elena en su habitación. En su mano, sostenía un informe antiguo, amarillento, con un sello que Alexander no había visto en décadas: el escudo de una orden de cazadores que se creía exterminada.







