La jaula de cristal

Capítulo 2: La jaula de cristal

Elena despertó con el cuerpo tenso. El anillo de oro que Alexander le había entregado la noche anterior descansaba en su mesita de noche, brillando con una luz que le parecía acusatoria. A las ocho en punto, un Mercedes negro ya la esperaba frente a su edificio. El lujo del vehículo gritaba que, a partir de hoy, su vida de anonimato había terminado.

Al llegar al piso 50 de Fenris Corp, no la llevaron a su armario de limpieza. La escoltaron directamente al despacho de Alexander.

Él estaba sentado tras su escritorio de obsidiana. Frente a él, un fajo de papeles esperaba. El contrato de "Asistente Personal".

—Siéntate, Elena —ordenó él sin levantar la vista.

Elena se quedó de pie, con los brazos cruzados sobre su blusa barata.

—Prefiero estar así. Me ayuda a recordar que puedo irme en cualquier momento.

Alexander levantó la cabeza. Sus ojos grises eran dos cuchillas de hielo.

—Léelo. Es el precio de tu silencio y la garantía para tu hermana. El tratamiento en la clínica privada, los especialistas en Suiza... todo está cubierto. A cambio, me perteneces las veinticuatro horas del día.

Elena soltó una carcajada seca, dejando caer el contrato sobre la mesa sin leerlo del todo.

—¿"Pertenecerle"? Señor Varick, usted no quiere una asistente, quiere una esclava de lujo. Y por cierto, esa puesta en escena de anoche en el ático... fue impresionante. No sé si usa lentillas de neón o si tiene una enfermedad extraña que le altera el metabolismo, pero no soy tonta.

Alexander se puso de pie. Se movió con una lentitud que erizó el vello de la nuca de Elena.

—¿Crees que fue un truco, Elena?

—Creo que es un CEO excéntrico que ha leído demasiadas novelas de romance fantástico de las que devora mi hermana —replicó ella, manteniendo la barbilla alta a pesar de que él ya estaba frente a ella—. ¿Qué sigue? ¿Me va a decir que es un Alfa, que soy su "mate" y que aúlla a la luna llena? Por favor, es ridículo. La biología no funciona así. Los hombres no se convierten en perros grandes.

Alexander no se inmutó por la burla. En cambio, tomó la mano de Elena y la presionó contra su pecho. Ella intentó zafarse, pero él era como una pared de granito. Bajo la seda de su camisa, el corazón de Alexander no latía como el de un humano; era un galope salvaje, un tambor de guerra que emitía un calor abrasador.

—Mírame, Elena —gruñó él.

Elena lo hizo. Vio cómo el gris de sus ojos se disolvía en un oro líquido que parecía quemar desde dentro. Entonces, con un crujido seco, las uñas de Alexander se alargaron, convirtiéndose en garras de obsidiana que se clavaron en la madera del escritorio, astillándola como si fuera papel.

—No somos una novela, Elena. Somos la razón por la que tus antepasados dormían alrededor del fuego con miedo a la oscuridad —su voz ahora tenía un doble tono, un eco animal que vibró en los huesos de ella—. Soy un Alfa. Y tú has visto lo que nadie debe ver.

El sarcasmo de Elena murió en su garganta. El aire en la habitación se volvió pesado, eléctrico. La realidad se resquebrajó y el miedo, por primera vez, fue real.

—¿Por qué me cuenta esto? —susurró ella, temblando—. Si soy un peligro para su secreto, ¿por qué no me mató?

—Porque el instinto no miente. Mi lobo te reclama, aunque mi razón me diga que eres una debilidad —Alexander se inclinó, rozando su oreja con los labios—. Si sales de aquí sin mi protección, la manada te cazará solo por ser humana. Firmar ese contrato es la única forma de que no te arranquen el cuello.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Sienna, la socia de Alexander, entró con la elegancia de una pantera vestida de Chanel. Sus ojos se clavaron en Elena con un odio visceral.

—Alexander, dime que no es cierto —siseó Sienna—. ¿Vas a meter a esta... criada en nuestro mundo? Las reglas del Consejo prohíben testigos humanos.

—Yo dicto las reglas en mi territorio, Sienna —respondió Alexander, su voz bajando a un barítono peligroso—. Elena es mi asistente. Y cualquier ataque hacia ella será considerado una declaración de guerra contra mí.

Sienna se acercó a Elena, olfateando el aire de forma antinatural cerca de su cuello.

—Hueles a miedo, ratoncita —susurró Sienna—. Disfruta de tu contrato mientras puedas. Alexander se aburrirá de ti, y cuando eso pase, yo misma me encargaré de borrarte de la existencia.

Elena, recuperando su orgullo herido, arrebató la pluma de la mesa y firmó el documento con trazos violentos.

—Hecho —dijo Elena, mirando a Sienna con desafío—. Si voy a estar en una jaula, que sea la más cara del mundo. Pero no crea que por haber firmado voy a empezar a lanzarle la pelota, señor Varick.

Alexander sonrió, una expresión llena de colmillos y orgullo oscuro. La tomó de la cintura, marcando territorio frente a una Sienna que rugía de rabia silenciosa.

—Me gusta tu fuego, Elena. Ahora prepárate. Esta noche hay una gala de la alta sociedad. Irás como mi pareja. No te separes de mí, porque esta noche, los lobos estarán hambrientos.

Elena apretó los puños. Sabía que acababa de vender su alma, pero lo que Alexander no sabía era que incluso en una jaula de cristal, ella seguía teniendo garras.

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