Greta corrió.
Corrió sin mirar atrás, sin pensar, sin respirar.
El vínculo seguía ardiendo en su pecho como si la hubiera marcado con fuego.
Las lágrimas le nublaban la vista, pero aun así siguió avanzando hasta que el bosque la envolvió con su silencio antiguo.
El murmullo del riachuelo fue lo único que logró detenerla.
Greta cayó de rodillas junto a la orilla, las manos hundidas en la tierra húmeda, la respiración desbocada.
Y finalmente… lloró.
—¿Por qué…? —susurró entre sollozos—. ¿Por qué